La memoria y el olvido

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La anciana memorizó el número haciendo un esfuerzo enorme. Aquella matrícula le sonaba mucho, como si la hubiera visto en más de una ocasión. Sin embargo, el paso de los años había hecho que su memoria se deteriorara tanto que a veces le costaba recordar el nombre de su difunto marido.

«4380 XWA» repitió varias veces en su cabeza hasta conseguir recordarla sin ponerle mucho esfuerzo. Caminó apoyando el peso de su cuerpo en el bastón. Cada día que pasaba sus pies se movían con mayor lentitud y su cuerpo se negaba a obedecer las órdenes que le daba su cerebro.

Tras lo que le pareció un siglo, llegó a su solitario hogar. Buscó sus llaves en el bolso, pero las manos le temblaban tanto que lo encontraba todo menos las llaves. Tras cinco minutos en los que se puso muy nerviosa, consiguió encontrar las llaves y las metió en la cerradura.

Lo primero que hizo al entrar en su casa fue apuntar el número de la matrícula en la libreta que tenía en la entrada. «4380 BYF» pensó mientras lo escribía pero algo le decía que estaba mal. Aquel no era el número que había visto. Volvió a intentar apuntarlo, pero cada vez que lo escribía había algo que le decía que se había equivocado, que aquel número ya no estaba en su mente, se había esfumado.

Se resignó y con un suspiro dejó la libreta en la mesita de la entrada. Caminó hasta el salón y se sentó despacio en el sofá sin soltar el bastón. Tenía miedo. Si no podía recordar un simple número, ¿quién le aseguraba que mañana pudiera recordar el nombre de sus hijos? ¿O el de sus nietas?

Las lágrimas se deslizaron entre los pliegues de su cara y llegaron hasta sus manos arrugadas. Había vivido muchos años, pero no veía justo que, en el final de su vida, tuviera que perder sus recuerdos y no pudiera almacenar ninguno más. Miró a su alrededor. Cada objeto que había en su casa era un peligro para ella. Una caída o tropiezo y se quedaría en una cama para siempre. Se negaba a resignarse a esa vida, se negaba a necesitar ayuda incluso para ir al baño.

Cuando sonó el teléfono, ella no sabía cómo había llegado hasta el sofá.

El reloj de arena

Miró el reloj de arena observando como el tiempo se le acababa. La arena caía hacia abajo sin detenerse, sin esperar a qué Diana le alcanzara el ritmo. Hace algunos años no le importaba que le tiempo se le escurriera entre los dedos, ni siquiera se paraba a pensar en la hora que era, y había que verla ahora, temerosa de cada segundo que pasaba sin aprovecharlo.

No pudo evitar recordar los momentos en los que la fama la sonreía. ¡Cómo se arrepentía de no haber disfrutado plenamente esos momentos! Era una lástima que todo hubiera pasado y ya nadie la recodara. Ese instante en el que salía al escenario y la gente la aplaudía incluso antes de que abriera la boca, las flores, los vitoreos y la gente que venía a buscarla al camerino para abrazarla.

Las lágrimas corrían por sus mejillas ante los recuerdos que ya no podría volver a revivir y la gente que ya se había ido de su lado, como pronto también se iría ella. Dirigió la vista hacia la estantería que tenía llena de fotografías de todos los premios que había ganado, los actos benéficos que había hecho y, sin embargo, si había alguna noticia sobre ella de ahora en adelante sería sobre su muerte, a la cual tendría que enfrentarse sola sin remedio alguno.

Cayó el último grano de arena. Llegó el momento de enfrentarse a su final. Tenía que ser valiente, después de todo no podía ser tan malo si nadie volvía para quejarse, pensó con negro humor. Era lo único que le quedaba en esos momentos, el humor negro y agrio. Se tomó la tila con arsénico y poco a poco empezó a sentir que su cuerpo se relajaba y su alma la abandonaba sin sentir ningún tipo de dolor.

Había dejado este mundo sola, pero lo había hecho con la conciencia muy tranquila.

La anciana

Sonó el timbre de la puerta en el castillo. El corazón de la doncella casi le dio un vuelco. No sabía quién podría ser a esas horas, y temía que su amo se despertara y pagara con ella que no pudiera dormir. Inquieta, bajó hasta la puerta principal de la casa e intentó ver entre las ranuras quien era. Distinguió una figura pobre y envejecida. No sabía qué hacer, su corazón le decía que su deber era ayudar a los que más lo necesitaban, pero su cabeza no hacía más que repetirle que las consecuencias serían funestas.

Sin embargo, no tuvo más remedio que claudicar ante los dictados de su corazón y abrió la puerta intentando hacer el menor ruido posible.

-Buenas noches, hija – dijo una pobre anciana. Llevaba una capa oscura con capucha que le cubría la cabeza y la resguardaba de la lluvia. Parecía que llevaba toda la noche vagando por el bosque.

-Buenas noches, señora. ¿Qué ocurre? ¿Por qué está aquí a estas horas de la noche? – le preguntó la doncella tartamudeando.

-Es que…fui a buscar setas…pensé que me daría tiempo a recogerlas y volver a casa…pero se hizo de noche y…y…me perdí – la anciana rompió en sollozos incontrolados y a punto estuvo que caerse al suelo si no hubiera sido por los reflejos de la doncella al sujetarla.

-Tranquila, señora, tranquila – le dijo acariciándole la espalda.

-Sé que te pongo en un aprieto, niña. Pero, por favor, sólo te ruego un lugar en el que poder cobijarme. Te prometo que me iré en cuanto salga el sol.

-Está bien, podrá quedarse en mi habitación. Pero, procure no hacer ruido.

Subieron juntas hasta la habitación de la doncella. Le quitó la ropa mojada, buscó ropa limpia y se la dio para que se la pusiera. Una vez lo hubo hecho, la arropó en su cama y la vigiló esperando que se quedara dormida.

-¿Por qué no se duerme? ¿No está cansada? – le preguntó en susurros.

-Tengo insomnio. No es fácil que consiga dormirme.

-¿Desde cuándo lo padece?

-Oh, desde que era una niña. Suelen decir que las personas que tenemos insomnio hemos padecido una situación traumática.

-¿Y es así? Cuénteme qué le ocurrió. Puede que así le entre sueño.

-Verás. Era mi segundo cumpleaños. Puede parecer extraño pero me acuerdo perfectamente de ese día. Mi madre iba a preparar una tarta, para mi hermano gemelo y para mí, mi padre iba a llevarnos de caza como regalo de cumpleaños. Por ello, nos preparamos para irnos al bosque, mi madre nos prometió que cuando volviéramos a casa la tarta estaría lista y podríamos comérnosla. Tanto mi hermano como yo estábamos muy emocionados y no podíamos pensar en nada más allá del sabor que tendría la tarta. Nos adentramos en el bosque, mi padre vio un ciervo pero no pudo alcanzarlo con la flecha. No conseguimos ver a ningún otro animal hasta que oímos unos gruñidos que pusieron a mi padre los pelos de punta. Nos dejó solos un momento mientras intentaba averiguar quién era y antes de que nos diéramos cuenta un jabalí corría hacia mí. Mi cuerpo se bloqueó, sabía que el jabalí iba a matarme pero mi hermano se colocó delante de mía y lo impidió, haciendo que el jabalí lo atacara a él de tal manera que de él sólo quedó su cabeza.

-Dios mío

-Desde entonces no he vuelto a celebrar un cumpleaños, ni a comerme una tarta, ni he vuelto a salir de caza…

-Cómo lo superó – susurró la doncella espantada.

-Viviendo

Bajo el rosado árbol

Sentada en el frío banco, siento como mis doloridos huesos se resienten por el húmedo temporal. Me pesan las arrugas de mi rostro y las pieles se desprenden de mi cuerpo debido a el paso de los años. Las rosadas hojas se caen de los árboles, al igual que mis cabellos se vuelven grises y mis ojos pierden su brillo.

A lo largo de mi vida he visto demasiadas cosas, algunas han sido maravillosas, y sin embargo otras han sido terribles, tanto que me cuesta reproducirlas en mi memoria. He creado una familia maravillosa, que el día que tenga que abandonarla me va a doler más a mí que a ellos. He luchado desde que tengo uso de razón y he conseguido grandes cosas gracias a ello. Es verdad que mi vida ha sido bastante dura, pero no me arrepiento de nada de lo que he vivido y no cambiaría nada de ella.

El viento me acaricia el rostro recordándome que la noche se va acercando y que debo volver a casa antes de que sea totalmente de noche. Me levanto con dificultad apoyándome en el bastón y vuelvo a casa caminando junto al río, el mismo río que me vio nacer, con el que crecí y en el que espero abandonar este maravilloso y, a la vez, desdichado mundo.