La escritora desconcentrada

La joven escritora se encontraba en el jardín de la casa de su ¿amante? aporreando las teclas de su portátil ante una ola de inesperada inspiración. Le encantaba escribir en el jardín, se había convertido en su lugar favorito: el aire fresco, los pies descalzos sobre la hierba, el paisaje de la playa a lo lejos…para ella era un paraíso.

Miranda, desde hacía años, había tenido la tentación de dejar de escribir siempre que alguien se acercaba, la avergonzaba que cualquier persona leyera las primeras versiones de sus escritos. Pero con Tyler había sido diferente. Dejaba que leyera lo que escribía. A veces estaba cuatro y cinco horas escribiendo, y no le importaba que lo leyera todo.

Tyler se acercó a ella y empezó a acariciarle el cuello con suaves besos. Las cosquillas le recorrían la piel, pero no dejó de escribir. Él, mientras seguía besándola, bajó su mano por el estómago de Miranda, hasta llegar a sus vaqueros. Los desabrochó, bajó la cremallera haciendo un estridente ruido, y deslizó la mano dentro de su ropa interior. Por la sorpresa, Miranda dejó de escribir unos segundos.

–Sigue escribiendo –le ordenó él con una sensual voz ronca.

Ella intentó volver a escribir, pero ya estaba desconcentrada, no podía articular ni una sola frase. Tyler usó la humedad de Miranda para masajear su clítoris y fue dibujando pequeños círculos. Notó como aquel minúsculo botón se iba hinchando de excitación al tiempo que Miranda no paraba de jadear. Mantenía los puños cerrados y movía las caderas sobre su mano en busca de más placer. El orgasmo sacudió el cuerpo de Miranda en pocos minutos y gritó dando gracias de que estuvieran solos en la casa.

Con una sonrisa, miró a Tyler y, por unos instantes, odió lo inoportuno que podía llegar a ser, pero también amaba que hiciera aquellas cosas en los momentos más inesperados. Él sacó la mano de los pantalones de Miranda y se chupó los dedos ruidosamente. Ella se fijó en el bulto que predominaba en sus pantalones.

Con dedos temblorosos, descubrió su miembro y se lamió los labios como si se encontrara ante una suculenta golosina. Le echó una mirada traviesa y cubrió con sus labios el capuchón. Recorrió con su caliente lengua cada rincón de la piel de su miembro. Besó cada centímetro de su envergadura y se ayudó de las caricias de sus dedos para excitarlo aún más. Siguió lamiendo y chupando hasta que, haciendo movimientos ascendentes con su mano, logró que Tyler se corriera.

El temblor recorrió cada rincón del masculino cuerpo y los murmullos de placer no pararon de sucederse. Miranda observaba los espasmos de su cuerpo juguetonamente mientras aprisionaba con sus dientes el labio inferior. Se estaba convirtiendo en una visión de la que disfrutaba y cada día era mejor que el anterior. Miranda se puso de pie y se adentró en la casa despacio ante la inquisitiva mirada de Tyler que sonreía ante su chulería.

El hermano de mi mejor amiga

Ingrid fue a la cocina en busca de algo para comer. Escuchó cómo se abría la puerta de la entrada. Vio como el hermano menor de Mónica entraba en casa. Ingrid sintió como la boca se le secaba. No iba a dejarlo escapar. Lo siguió hasta su habitación y cerró la puerta.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Fran con confusión.

—Consiguiendo que dejes de ignorarme.

Ingrid agarró el rostro de Fran entre sus manos con brusquedad y lo besó furiosamente. Fran se resistió en un primer momento, pero pocos segundos después se relajó.

La mano de Fran se posó sobre la cintura de Ingrid y, suavemente, ascendió hasta alcanzar su pecho. El contacto provocó un placentero cosquilleó en el cuerpo de ella. Ingrid se separó con intención de marcharse, pero él la agarró de la mano impidiendo que desapareciera de su vista.

—¿Te vas? —le preguntó Fran con la respiración agitada.

—Sí. ¿Por qué? ¿Quieres algo? —Ingrid detuvo la vista en la abultada entrepierna del pantalón oscuro y se mordió el labio inferior.

—Quiero continuar—Fran miró los hinchados labios de Ingrid—. ¿Quieres tú llegar más lejos?

Volvió a acercarse a él, posó la mano sobre su pecho y lo empujó logrando que cayera de espaldas sobre la cama. Se colocó sobre el cuerpo de Fran y volvió a besarlo. Sus lenguas se entrelazaron acompañándose en un sensual baile.

Ingrid se bajó de la cama unos segundos para deshacerse del pantalón y de la ropa interior.

—¿Seguro que quieres que continuemos? —preguntó Ingrid. Altamente excitada, frotó su pubis contra el hinchado bulto de manera que el pantalón acabó manchado de sus fluidos.

Un gemido salió de los labios de Fran.

—Sí. No te detengas ahora —dijo él con una voz ahogada.

Ingrid desabrochó el botón de su pantalón y deslizó la cremallera lentamente hasta dejar a la vista su ropa interior. Ella liberó su miembro. La excitación recorría cada uno de los rincones de su cuerpo y notaba cómo un húmedo y agradable calor se instalaba entre sus piernas. Acarició el glande con el pulgar deleitándose con los sonidos que él profería.

Levantó las caderas e introdujo el miembro en su interior. La sensación que sentían era deliciosa. La piel de Fran dentro de las húmedas cavidades de Ingrid, el olor del sexo de ella impregnaba toda la habitación, el sonido de sus respiraciones deseosas de continuar.

Bruscamente, Fran se dio la vuelta, colocando a Ingrid en la parte de abajo y quedando él arriba. Fran comenzó a embestirla muy rápido y fuerte causando en Ingrid altos gritos de placer.

—Sigue. No pares. Por favor, no pares —dijo ella entre sonoros jadeos.

Ella deslizó la mano entre sus cuerpos hasta dar con el clítoris. Con dos dedos, lo acarició en círculos hasta conseguir que una intensa descarga eléctrica recorriera cada centímetro de su cuerpo. Las contracciones de su vagina causaron que Fran se corriera sin que le diera tiempo a salir de su cuerpo.

Reencuentro en la librería

Daniela se acercó a la estantería de la librería muy despacio. Los movimientos que hacían sus pies eran tan precisos que parecían ir a cámara lenta. Pasó los dedos sobre el lomo de los libros con sumo cuidado, no quería que se estropearan.

Paseó la vista por cada uno de los estantes que había a su alrededor y se dirigió a la sección de la novela de terror. Con un libro de Stephen King en las manos, sintió que había alguien detrás de ella. Miró de reojo a su derecha, pero no vio nada ni a nadie. El dependiente de la librería permanecía ante el mostrador y Daniela era la única clienta que quedaba en la tienda.

La yema de unos dedos se posaron sobre su cuello con delicadeza y se deslizaron sobre su hombro provocándole un incomprensible cosquilleo. Daniela expulsó lentamente el aliento que había estado reteniendo sin darse cuenta. ¿Quién era la persona que la estaba tocando? ¿Acaso la conocía? ¿Con qué derecho? El primer instinto de Daniela era salir corriendo no sin antes darle una bofetada a la persona que se había atrevido a acosarla.

Sin embargo, se quedó quieta, esperando. La mano desconocida siguió descendiendo hasta llegar a su redonda cintura. Daniela notó a su corazón latiendo muy deprisa, tanto que no era capaz de contar los saltos que daba por segundo. Decidió que el momento de girarse ya había llegado. Se moría por saber quién estaba detrás de ella.

Dejó la vista fija en el suelo y dio media vuelta sobre sí misma sin despegar las manos del libro. Al detener su movimiento, Daniela veía unos zapatos que debían pertenecer a la persona que la tocaba, pero su imagen estaba difusa. Los ojos de Daniela ascendieron hasta detenerse en la cara de quién la tocaba. Dejó caer el libro con un estruendo al suelo y se cubrió la boca con las manos.

El fantasma de su difunto novio la observaba con ojos tristes. Aún llevaba el traje de la boda que no tuvieron ocasión de terminar de celebrar. Un sollozo se escapó de su garganta y las lágrimas se deslizaban por su mejillas. Intentó tocar la mano del fantasma, pero su humano cuerpo la traspasaba sin ningún esfuerzo. El ser incorpóreo le dio un beso en la frente y se alejó de ella hasta desaparecer.

Daniela no podía moverse y tampoco quería que la volviera a abandonar, pero sabía lo que estaba haciendo. Se estaba despidiendo por última vez y le daba la oportunidad de recomponer su vida.

Los zapatos de Elisa

Javier se despertó a las siete de la mañana desvelado, no podía seguir durmiendo por más que lo intentaba. Llevaba un par de horas dando vueltas en la cama, sin embargo, hacía demasiada calor como para intentar volver a dormir. Con un gran bostezo y los ojos vidriosos entró en el baño para lavarse la cara, aunque en realidad no le hacía falta despejarse. Se secó la cara con la toalla que tenía junto al lavabo y al levantar la cabeza vio en el reflejo del espejo que había unos tacones blancos en el suelo del baño.

Se giró para comprobar que era verdad que esos tacones estaban en su baño, que no eran imaginaciones suyas, que no era un extraño sueño. Cogió uno de los tacones y lo observó detenidamente. ¿Quién había dejado esos zapatos en su baño? ¿Era posible que alguien hubiera entrado en su casa durante la noche? Intentó recordar si alguna de sus últimas conquistas había llevado unos tacones blancos pero al hacer memoria sólo se le venía una cara a la cabeza.

Suspiró pesadamente mientras pronunciaba el nombre de la dueña de los tacones. Elisa. Esa rubia de ojos oscuros había puesto su vida patas arriba incluso en su propio baño. Acarició el zapato suavemente con la yema de los dedos rememorando el último día que estuvieron juntos. Todo fue perfecto, aquel día fue maravilloso…hasta que se despertó a la mañana siguiente y ella no estaba. Parecía que nunca había estado en su casa, que nunca habían hecho el amor en su cama, que no se había amado ni una sola vez. Puede que Elisa nunca le hubiera amado, pero sin duda Javier la había querido hasta el punto de querer darlo todo por ella sin pensarlo ni una sola vez.

Por mucho que le doliera, no podía evitar sonreír al mirar los tacones. El final de su corta relación fue sin duda lo peor que le había pasado, pero fue muy feliz durante el tiempo que pasaron juntos. Javier nunca cambiaría el tiempo que había pasado junto a Elisa por nada del mundo. Se llevó los tacones a su habitación y los colocó junto a la ventana por la que entraba el sol todas las mañanas. A partir de ese momento, cada vez que se despertara, quería ver esos tacones cada mañana y así recordaría todos los buenos momentos vividos junto a Elisa. ¿Quién sabe si algún podría devolvérselos y retomarían lo que dejaron entre aquellas paredes?

Otro sueño igual

No te lo vas a creer. Hoy he soñado contigo. He soñado que nos volvíamos a ver, tras un mensaje de whatsapp habíamos quedado y, sin saber por qué, nos acabamos cogiendo de la mano. No recuerdo muy bien todo el sueño, pero recuerdo perfectamente lo dichosa que me sentía, lo feliz que estaba cogida de tu mano. Y al despertarme me di cuenta de que todo había sido un sueño, aunque yo lo sentía más bien como una pesadilla, ya que me desperté con un vacío en el pecho que en el sueño no sentía.

He buscado el significado de habernos cogido de la mano en Google y me ha dicho que lo que tengo es miedo a perderte, a alejarme de ti. Y es verdad, tengo mucho miedo, porque tú has sido una de las pocas personas que ha significado algo para mí, que me ha hecho reír y has sido un amigo en todos los aspectos, aunque llevo tiempo queriéndote como algo más que un amigo. Sin embargo, sé que tú no me ves así, por lo que sería una pérdida de tiempo ilusionarme con algo más.

Creo que no sólo ha sido el echarte de menos, sino que lo que en realidad echo de menos es el poder tener a alguien a mi lado, el poder estar junto a alguien que me quiera. No es la primera vez que tengo este tipo de sueños, y siempre me despierto con el mismo vacío, cosa que odio. Pero, ¿cómo puedes echar de menos algo que nunca has tenido? ¿Cómo podemos llegar a estar tan obsesionados con tener algo que pensamos en ello más de una vez al día y no paramos de soñar con ello?

Vaya tontería, soñar con coger a alguien de la mano, ¿no? Pues para mí no ha sido una tontería, ha sido la sensación más maravillosa del mundo y me encantaría volver a soñar lo mismo esta noche, pero creo que por más que lo intente no va a poder ser.

Esos niños

Todo el mundo era feliz hasta que llegaron los niños. Habían pasado una mañana muy tranquila, los padres y sus amigos tenían una gran experiencia que iban a recordar durante mucho tiempo. Habían vuelto de nuevo a vivir lo que era tener veinte años, cuando no tenían que preocuparse por lo que iban a comer ese día o por la ropa que iban a ponerse los niños.

Dieron vueltas por el centro sin rumbo fijo entre risas, pero sabían que tarde o temprano iban a tener que volver a casa, a sus vidas adultas. Al llegar a casa todavía quedaban algunos minutos de paz antes de que los pequeños monstruitos llegaran.

Cuando los niños entraron por la puerta, todo se convirtió en una auténtica locura: empezaron a pedir comida, a dejarlo todo tirado por el suelo y fue entonces cuando comenzó el trabajo de los padres, y no pararon hasta que quedaron tan agotados del intenso día que cayeron redondos en la cama. Fue entonces, en la cama, con la mirada fija en el techo, cuando se dieron cuenta de que ya no eran unos adolescentes, eran unos padres con una responsabilidades, y esos niños dependían de ellos.

Es verdad que a veces sus hijos podían ser pesados y dar mucho trabajo, pero también merecía la pena tener a unos pequeños gremlins que les daban todo su amor y les buscaban cuando los necesitaban.

Un viaje inesperado

El ruido de la gente que está a punto de coger un avión inunda mi cabeza. Enseño el pasaporte para poder acceder al camino que me llevará al avión, el cual parece un laberinto sacado de el libro de “El Resplandor”. La gente no para de hablar y de abrazarse, algunas personas llegan incluso a llorar. Sin embargo, yo no tengo a nadie que me llore, que me abrace, ni tengo nadie por quien llorar. Debe de ser verdad el dicho ese de que venimos solos al mundo, y de él nos iremos solos.

En mi caso siempre ha sido así, creo que nunca he tenido a nadie a mi lado. A veces no puedes echar de menos lo que nunca has tenido, así que el ver a tanta gente con tantos sentimientos a flor de piel no me causaba ningún sentimiento. En ocasiones pienso que nunca sentiré nada, ni por nada ni por nadie. Subo al avión, me siento en el asiento que me indica la azafata, junto a la  ventana, y saco una libreta en la que escribo lo que he hecho en los últimos días. Es algo que se me ha quedado como una costumbre, no me gusta que se me olviden las cosas que me pasan o las que voy haciendo, bastante que no recuerso nada de mi infancia, algo que me tortura continuamente.

Puede decirse que nací en un orfanato porque no tengo un recuerdo de mi infancia más allá de las cuatro paredes en las que estaba encerrada, en mi cabeza se repiten continuamente las situaciones por las que me hacían pasar: los golpes, los insultos, los días que me hacían pasar encerradas  sin comer ni beber. Pero todo esto ya se ha acabado por fin, ha llegado mi mayoría de edad y con ella mi libertad. Tenía algo de dinero ahorrado y lo primero  en lo que pensé cuando la cumplí era que quería alejarme, poner todos los kilómetros posibles entre ese orfanato y yo, no quería volver a entrar en él.

Un hombre mayor se sienta a mi lado mientras coloca una  sonrisa amable en su  rostro. Quiero devolverle la misma sonrisa, pero lo que para lo que alguien sería algo instintivo, para no lo era, así que no se la devolví.

Miré por la ventana y un horizonte de nubes me hizo sonreír levemente. El hombre que se había sentado a mi lado me dice que lo que más le gusta de viajar en avión es poder ver las esponjosas nubes tan de cerca, yo le respondo que es la primera vez que veo nubes. Él se queda sorprendido y comenzamos a establecer una conversación que va desde de dónde somos hasta nuestras aficiones. Al bajar del avión lo hacemos juntos y me pregunta a dónde me dirijo. Le contesto que no tengo ningún sitio al que ir, así que me ofrece ir a su casa.

Cualquiera podría desconfiar de un desconocido, pero en mi caso, tras todo por lo que había pasado solo podía pensar en “¿Qué es lo peor que me podría pasar?”. Así que acepto, y descubro que no  he tomado mejor decisión en mi vida, y este maravilloso hombre y su mujer se convierten en los padres que nunca tuve y siempre  había soñado.

Ahora sí que tenía a alguien que me llorara y abrazara.

La madre que quiso tener

Arrojó la carta al fuego e ignoró las órdenes. La orden de su madre de que no volviera a aparecer por casa. Su madre le había prohibido volver a entrar en su casa, no decía la razón pero él sabía cuál era.  Por esto decidió coger algunas cosas que sabía que iba a necesitar y se fue hacia la casa de su madre. Llegó en cuestión de minutos y, sin llamar al timbre, abrió la puerta y se dirigió a la habitación de su madre.

-¿Qué haces aquí? ¿No te dije que no aparecieras por aquí? – dijo con una débil voz intentando ser dura, cosa díficil en sus circunstancias.

Él se quedó observándola con los ojos annegados en lágrimas. No tenía ni idea de lo enferma que se encontraba pero allí estaba, a punto de abandonar este mundo y sola, después de todo lo que había sacrificado, sin embargo él no iba a permitirlo, no podía dejar que sucediera esa injusticia. Se sentó en el sillón que había junto a la cama y la miró a los ojos unos segundos antes de hablar.

-¿Recuerdas cuándo tuve el accidente de coche y no te separaste de mí ni un sólo segundo hasta que pude volver a caminar? ¿Recuerdas cuando mi hijo murió y no te rendiste hasta volver a hacerme sonreír de nuevo? ¿Recuerdas cuándo me enseñabas de pequeño que a las buenas personas nunca hay que darles la espalda?

-No quiero que tu último recuerdo de mí sea como me muero. Que cada vez que pienses en mí veas esta cara – dijo señalándose el rostro. Él le cogió la mano y se la apretó fuertemente.

-¿No entiendes que es imposible que ese sea el único recuerdo que perdurará? He vivido contigo desde que era un renacuajo, tengo montones de recuerdos maravillosos. Así que si ese es tu mayor temor puedes estar tranquila.

Sus ojos se llenaron de unas lágrimas que en ningún momento se derramaron. No se soltaron las manos, estuvieron todo el tiempo hablando entre susurros recordando los buenos momentos, los no tan buenos y las cosas de las que se habían arrepentido a lo largo de los años.  Pararon de susurrar cuando las fuerzas de ella empezaron a fallar. Lo último que le dijo fue “Cuídate”, y cerró los ojos para no volver a abrirlos.

Él se puso de rodillas junto a ella y lloró por la mujer que se había ido, la madre que le hubiera gustado tener.

Soñando de nuevo

Me desperté aún recordando lo que había soñado con un sentimiento de pérdida horriblemente inmenso. Empecé buscando un piso en el que pasar una temporada, encontré uno que compartí con tres chicos. No mantuve ninguna relación especial con ellos, simplemente el tiempo pasó hasta que un día salí a la calle y me encontré con uno de mis compañeros de piso. No sabía hablar español, pero lo curioso es que sí sabía italiano. Comenzamos a hablar y cuanto más hablábamos más me fascinaba y en cuestión de segundos me enamoré de él. Volvimos al piso y nuestros compañeros querían quedarse con el piso, que era del compañero del que me he enamorado. Sin embargo, no lo consiguieron. Cuando se fueron nos quedamos solos. Nos miramos fijamente y empezamos a besarnos como si nos faltara el aire. Sentía que mi corazón se iba a salir de mi pecho, me dolía todo el cuerpo de la intensidad con que lo sentía todo. Nos separamos, fuimos hacía su habitación y nos empezamos a desnudar. Sin ropa, me tendí en la cama, se colocó sobre mí y entró lentamente en mi interior, me preguntó si estaba bien, si me hacía daño, pero yo solo quería que siguiera moviéndose.

Entonces sonó la alarma y el sueño se acabó. Seguía pensando en ese misterioso hombre que no hablaba español, ni siquiera recuerdo como se llamaba o cómo era, sólo sabía que me estaba empezando a enamorar y en ese momento empecé a sentirme enamorada de alguien que ni siquiera existía. Y lo peor es que tenía miedo de que conforme fueran pasando los segundos me olvidara del sueño, de los sentimientos que había provocado en mí. Me hubiera gustado que  hubiera sido real o por lo menos que ese sentimiento de estar enamorada no desapareciera. Lo mejor que podía hacer era escribir en un cuaderno de lo que me acordara no fuera a ser que desapareciera de mi memoria.

Fallida declaración de Mr. Darcy

Me marché corriendo de la iglesia, el agua de la lluvia me mojaba pero eso no me importaba. Seguí corriendo hasta que llegué a un porche en el que me resguardé y apoyé la espalda contra la pared para descansar. Giré la cabeza, le vi y pegué un pequeño salto del susto.

– Sr Darcy, ¿qué hace usted aquí?

– “Señorita Elizabeth, he luchado en vano, y ya no lo soporto más. Estos últimos meses han sido un tormento. Vine a Rosings con la única idea de verla a usted. He luchado contra el sentido común, las expectativas de mi familia, su inferioridad social, mi posición y circunstancia, pero soy incapaz de contener mis sentimientos y estoy dispuesto a dejarlos a un lado y pedirle que ponga fin a esta agonía.”

– “No comprendo.”

– “Permítame que le diga que la admiro y la amo, apasionadamente. Por favor, le ruego que acepte mi mano.”

No podía creer lo que me estaba pidiendo, pero era lo que más había estado esperando. No le respondí me acerqué a él lentamente, le toqué la parte inferior de la cara suavemente con las yemas de los dedos índice y corazón y ambos entrecerramos los ojos hasta que acercamos nuestros labios para besarnos.Durante unos segundos nuestros labios bailan una dulce danza, entonces separo bruscamente nuestros labios y me dirijo hacia la lluvia sin importarme que pueda mojarme enfermar. Le he dado su merecido, no tengo que avergonzarme de mi posición, por mucho que me atraiga. Y pensando esto volví a casa.