La tiza y el tren

Miro por la ventana del tren mientras juego con una tiza entre mis dedos. Es el único recuerdo que me queda de lo que fue mi familia, una simple tiza blanca.
Al mirar a través de la ventana, observo un gran árbol de hojas amarillas a punto de caerse al suelo, así me siento yo, a punto de caer al vacío.

Cuando tienes unos padres que son profesores la gente tiende a pensar que vas a ser una persona ejemplar con las ideas muy claras. Pero ese nunca ha sido mi caso, y creo que ese ha sido siempre mi problema, nunca he cumplido las expectativas de los demás. Y ahora me veo en un tren camino de un nuevo país, con los bolsillos vacíos y una tiza entre las manos. Doy un brinco de susto al oír mi teléfono sonar, al mirar el número no logro recordar de quién es, pero aún así contesto la llamada.

-¿Diga? ¿Quién?

-Ya te has ido, ¿no?

-Perdona, ¿quién eres?

-Te has olvidado demasiado pronto de mí, ¿no crees?

-Julián…

-Él mismo

-Siento no haberte avisado, ha sido todo de improviso.

-Ya…bueno sólo llamaba para decirte que el barco estará listo cuando llegues, mi hermano lo ha preparado todo.

-Sabías que me iría – digo con una sonrisa en la cara

-¿Acaso crees que no te conozco?

-Muchas gracias

-No tienes que darlas. Suerte.

Cuelgo y siento que puedo respirar mucho más tranquila, al menos cuando me baje del tren tendré algo asegurado. Espero que cuando me baje de ese barco tenga la suerte que me ha deseado Julián porque la necesito.

Un viaje inesperado

El ruido de la gente que está a punto de coger un avión inunda mi cabeza. Enseño el pasaporte para poder acceder al camino que me llevará al avión, el cual parece un laberinto sacado de el libro de «El Resplandor». La gente no para de hablar y de abrazarse, algunas personas llegan incluso a llorar. Sin embargo, yo no tengo a nadie que me llore, que me abrace, ni tengo nadie por quien llorar. Debe de ser verdad el dicho ese de que venimos solos al mundo, y de él nos iremos solos.

En mi caso siempre ha sido así, creo que nunca he tenido a nadie a mi lado. A veces no puedes echar de menos lo que nunca has tenido, así que el ver a tanta gente con tantos sentimientos a flor de piel no me causaba ningún sentimiento. En ocasiones pienso que nunca sentiré nada, ni por nada ni por nadie. Subo al avión, me siento en el asiento que me indica la azafata, junto a la  ventana, y saco una libreta en la que escribo lo que he hecho en los últimos días. Es algo que se me ha quedado como una costumbre, no me gusta que se me olviden las cosas que me pasan o las que voy haciendo, bastante que no recuerso nada de mi infancia, algo que me tortura continuamente.

Puede decirse que nací en un orfanato porque no tengo un recuerdo de mi infancia más allá de las cuatro paredes en las que estaba encerrada, en mi cabeza se repiten continuamente las situaciones por las que me hacían pasar: los golpes, los insultos, los días que me hacían pasar encerradas  sin comer ni beber. Pero todo esto ya se ha acabado por fin, ha llegado mi mayoría de edad y con ella mi libertad. Tenía algo de dinero ahorrado y lo primero  en lo que pensé cuando la cumplí era que quería alejarme, poner todos los kilómetros posibles entre ese orfanato y yo, no quería volver a entrar en él.

Un hombre mayor se sienta a mi lado mientras coloca una  sonrisa amable en su  rostro. Quiero devolverle la misma sonrisa, pero lo que para lo que alguien sería algo instintivo, para no lo era, así que no se la devolví.

Miré por la ventana y un horizonte de nubes me hizo sonreír levemente. El hombre que se había sentado a mi lado me dice que lo que más le gusta de viajar en avión es poder ver las esponjosas nubes tan de cerca, yo le respondo que es la primera vez que veo nubes. Él se queda sorprendido y comenzamos a establecer una conversación que va desde de dónde somos hasta nuestras aficiones. Al bajar del avión lo hacemos juntos y me pregunta a dónde me dirijo. Le contesto que no tengo ningún sitio al que ir, así que me ofrece ir a su casa.

Cualquiera podría desconfiar de un desconocido, pero en mi caso, tras todo por lo que había pasado solo podía pensar en «¿Qué es lo peor que me podría pasar?». Así que acepto, y descubro que no  he tomado mejor decisión en mi vida, y este maravilloso hombre y su mujer se convierten en los padres que nunca tuve y siempre  había soñado.

Ahora sí que tenía a alguien que me llorara y abrazara.

Una amistad dragonil

Era un día lluvioso con rayos que se acumulaban en el bosque, y mientras se formaban charcos en el jardín, el hombre de hojalata miraba desde su ventana. Sus ojos acuosos reflejaban una tristeza que no había nada que pudiera aliviarlo. Apenas podía salir de casa, si hacia un día demasiado soleado su cuerpo se resentía durante días y si había tormenta como pasaba en este momento, su cuerpo se oxidaba y no podía moverse. Intentó esperar junto a la puerta con la esperanza de que la lluvia amainara pero como no parecía que fuera a parar, así que se sentó y empezó a leer un aburrido libro.
De pronto, oyó como algo se estampaba contra la cocina. Fue hacía allí, y al entrar vio como un pequeño dragón salía de su horno. Sus alas eran diminutas, sus escamas estaban alternadas entre azules y morados, y su pequeño hocico estaba manchado de carbón. En cuanto vio al hombre de hojalata, se lanzó hacia él y empezó a lamerle la cara. Fue entonces cuando observó que su columna vertebral estaba cubierta de escamas en forma de corazón.
El dragón se dirigió hacia el exterior y al ir a por él, el hombre de hojalata vio que la lluvia había amainado por completo. Pero en el momento en que pisó el suelo de su hermoso jardín vio como un enorme ogro de un verde mohoso entró en su propiedad. El hombre de hojalata se lo quedó mirando embobado, mientras el pequeño dragón gruñía desde el interior de la casa. El ogro alargó la mano y se dispuso a coger al hombre de hojalata para llevárselo a la boca, pero antes de que pudiera ponerle la mano encima el pequeño dragón se colocó delante del hombre de hojalata y le escupió al ogro una pequeña bola de fuego, con lo que el ogro empezó a reírse a carcajadas pero cuando volvió a intentar agarrar al hombre el dragón escupió esta vez una gran bola de fuego, tan grande como lo era el ogro. Este empezó a arder en llamas hasta que se convirtió en unas extrañas cenizas verdosas.
El dragón se posó suavemente entre los brazos del hombre de hojalata y le miró con sus tiernos ojos azulados. Con un suspiro cariñoso el hombre de hojalata volvió a entrar en casa para disfrutar de la compañía de su nuevo amigo.