Juegos en el agua

Salí de la casa por la puerta de cristal que daba a la piscina y me quedé maravillada al observar el agua. Me encantaba el color celeste del agua de la piscina y el olor del cloro. Por cosas del destino, era un día muy caluroso y tenía muchas ganas de pegarme un chapuzón, pero no había traído mi bikini a casa de Israel.

-¿Te gusta la piscina? -me preguntó él abrazándome por detrás.

-Me encanta. Dan ganas de darse un baño.

-Podrías hacerlo.

-No he traído bañador.

-Eso no es ningún problema. Estoy deseando poder verte desnuda -Israel me mordisqueó suavemente el cuello provocándome unas deliciosas cosquillas.

Me mantuve en silencio aguantándome las ganas de reír a carcajadas y me separé de él un par de metros. La sonrisa en mi rostro aumentaba conforme mis manos se iban acercando a los botones de mi blusa roja. Dejé que mi prenda desabotonada se deslizara por mis brazos y aterrizara en el césped. Mientras bajaba mis pantalones de la forma más sensual que pude, observé como Israel me devoraba con la mirada, deseando que le diera permiso para acercarse a mí y poseerme.

Sin embargo, no lo hice. Aún no era el momento. Me deshice de mi ropa interior con rapidez y le miré a los ojos una última vez antes de tirarme a la piscina. Nadé un par de metros disfrutando de la sensación del agua fresca en contacto con mi piel y los rayos de sol aterrizando sobre mi cabeza. De repente, noté que alguien también había saltado a la piscina y nadaba hacia mí.

-No sabía que nadabas tan rápido -comenté empleando un tono juguetón.

-Aún te quedan muchas cosas por descubrir de mí.

Juegos en el agua

Israel intentó besarme, pero me aparté y nadé hasta el bordillo lo más rápido que pude aunque no lo suficiente como para que no me alcanzara.

-Deberías nadar más a menudo -Israel me acorraló contra el bordillo y acercó su cuerpo al mío. Abrí los ojos como platos al sentir su piel.

-¡Te has desnudado! -exclamé con la respiración ahogada tanto por la sorpresa como por el esfuerzo de nadar.

-Quería ponerme a tu altura.

Acercó sus labios a los míos y me besó introduciendo su lengua en mi boca con ferocidad. Al principio me costó un poco seguirle el ritmo, pero tardé poco en superarlo. Se separó de mí mostrando sus labios hinchados por la presión.

-Te deseo.

-Y yo.

-¿Alguna vez has follado en la piscina?

-No. ¿Y tú?

-Tampoco.

Me animó a abrir las piernas e, instintivamente, rodeé con ellas sus caderas. Esa vez fui yo la lo besé, pero con menos intensidad que antes. Conmigo a cuestas, se desplazó hasta las escaleras que formaban parte de la piscina. Nos sentamos en ellas e Israel agarró su miembro con intención de empezar a introducirlo en mí…pero le detuve.

-Creía… -comenzó a decir confundido.

-No lo haré sin condón.

Ante mi tono sin admisión a réplica, se levantó y entró en la casa para volver a salir cinco minutos después con un paquetito plateado entre los dedos. Se sentó de nuevo en las escaleras y yo me coloqué a horcajadas sobre él. Israel metió la mano entre mis pliegues y acarició mis fluidos con una sonrisa de satisfacción.

Por segunda vez, agarró su miembro cubierto con el preservativo y lo introdujo en mi interior. Mis suspiros y los suyos se entremezclaron acompañando las olas de agua que provocaban el movimiento de nuestros cuerpos. Yo subía y bajaba, sin detenerme. Él me acariciaba uno de los pechos y yo le tiraba del pelo haciendo que su cabeza se inclinara hacia atrás.

Israel llegó primero al orgasmo y aquello no me gustó nada. Yo estaba luchando por conseguir llegar al clímax que había alcanzado él, pero no podía. Agarré su mano descaradamente y la coloqué sobre el centro que tantas veces me había dado placer y lo animé a que me masajeara. Mis gemidos crecían a medida que lo hacía el placer que me estaba dando. Adoré la sensación de tener su miembro en mi interior al mismo tiempo que me frotaba.

Y la sensación llegó. Entonces pensé que haber llegado más tarde al orgasmo había merecido la pena.

El cristal roto

El ruido del cristal roto parecía provenir del baño. Marcos entró en él y la corriente que provenía de la ventana hizo que la puerta se cerrara con un golpe seco. Marcos intentó abrirla de nuevo, pero parecía estar atascada. Se rindió por el momento y prestó atención al ruido que le había traído al baño. La ventana estaba totalmente rota y los trozos de cristal estaban esparcidos por el suelo. A través del hueco podía ver cómo una flor en el jardín se estaba marchitando conforme transcurría el tiempo. Tan ensimismado estaba que no se dio cuenta de que el grifo del lavabo estaba abierto, también se abrió el de la bañera y el agua del váter estaba empezando a bozar. El baño se estaba inundando por momentos.

Todo se llenaba de agua, no tenía la fuerza suficiente para cerrar el grifo y no conseguía desatascar la puerta para poder de aquella piscina en la que se había convertido su baño.

Sólo le quedaba una opción, salir por la ventana. Se subió sobre los bordes del váter y se impulsó para pasar su cuerpo por el hueco. Los restos de cristales se le clavaban en el cuerpo, pero tenía que ignorar el dolor o acabaría ahogado en su propio baño.

Cuando consiguió estar fuera se tumbó de espaldas sobre el césped con los ojos cerrados. Todo había pasado en cuestión de unos pocos minutos y parecía que había sido una pequeña pesadilla. Al fin se había acabado el calvario. No pensaba volver a entrar en ese baño. Sin embargo, miró hacia la ventana por la que había salido, una gran cascada de agua salía de ella. El resto de ventanas del patio de su edificio también expulsaban agua. Lo último que Marcos recuerda es estar nadando entre aguas de las tuberías.

La casa en mitad del lago

Aparté las ramas con hojas amarillas y pude vislumbrar un pequeño lago en cuyo centro estaba situada una caseta de madera. Ésta estaba oscura y maltrecha, como si fuera a derrumbarse en cualquier momento: tenía muchos tablones despegados de la estructura y el puente que te permitía acceder a la caseta estaba muy hundido, tanto que parecía que al caminar ibas a caerte al agua de un momento a otro.

Con curiosidad, me acerqué al pequeño puente y caminé por él con todo el cuidado posible. Los tablones no paraban de chirriar bajo el paso de mis pies y, aunque sabía que si me caía sólo iba a ser agua lo que me encontraría, no podía evitar sentirme asustado ante una inminente caída. Por fin, llegué a la puerta de la caseta y llamé dando un par de golpes en la puerta para saber si había alguien. Estaba tan fascinado con lo que me había encontrado que ni siquiera se me había pasado por la cabeza que era lo que iba a hacer si alguien vivía en aquella caseta y me preguntaba que quería. Pero tuve suerte, porque nadie respondió a mi llamada.

La puerta no tenía cerradura así que pude abrirla sin ningún esfuerzo. Cualquiera en mi situación se habría imaginado que la caseta estaba llena de telarañas e insectos por todos lados, pero no era así ni de lejos. Todo estaba limpio, quizá demasiado, había muebles cubiertos por sábanas negras en lugar de blancas, y se empezó a oír un extraño viento que no había oído cuando estaba fuera. Mi instinto empezó a avisarme para que saliera corriendo de aquel lugar, pero lo ignoré por completo.

De repente, vi que algo salía de entre las sombras, no lograba reconocer qué era, pero estaba seguro que no había visto algo igual en mi vida. Sin embargo, no me asusté, quería saber qué había en aquella caseta, aunque ello supusiera mi perdición. Me acerqué a la extraña criatura y, con la luz que entraba por la puerta abierta, pude distinguir sus rasgos. Era una criatura babosa, con dientes afilados, sin ojos, ni brazos ni piernas, se asemejaba a una mezcla de serpiente y babosa. En cuanto pude verle bien quise salir corriendo, pero el miedo me había dejado petrificado y la cosa había entendido mi quietud como signo de que podía atacarme.

La puerta se cerró de golpe, consiguiendo que saliera de mi tormentoso ensueño y que mi instinto de supervivencia me dominara. Era asqueroso como esa cosa abría la boca llena de dientes y ver como chorreaba la baba de su boca como si de gelatina se tratase. Empezaron a darme arcadas y corrí hacia la puerta para abrirla, pero era como si alguien la tuviera sujeta desde fuera y no me dejaba salir. Empecé a asustarme tanto hasta el punto de que casi no podía ni pensar. Intenté ganar tiempo escondiéndome tras uno de los muebles y miré a mí alrededor buscando algo con lo que poder defenderme o salir de aquella caseta. A unos metros de mí distinguí un martillo tirado en el suelo, y sin pensar me dispuse a cogerlo. Sabía que no tenía ninguna oportunidad con esa cosa, así que cogí impulso para golpear los tablones con todas mis fuerzas hasta que conseguí hacer un agujero lo suficientemente grande como para poder escapar de aquel lugar.

Salté por el hueco y en cuanto aterricé en el agua noté como ésta me intentaba arrastrar hacia abajo. Luché por mantenerme en la parte de arriba y nadé con las pocas fuerzas que me quedaban para llegar hasta los árboles del bosque. En cuanto estuve bien agarrado a los árboles dejé que mi corazón se calmara mientras observaba como la caseta se hundía en el agua con la cosa chillando en su interior.

Unos extraños crujidos

Observo como las olas del mar bailan un lento vals sobre la arena mojada. Sin embargo, mis pies desclazos notan la arena seca, suave y cálida, calentada por el sol de la mañana. En este momento es de noche, el azul del mar es más oscuro, y el marrón de la arena más intenso. Si tuviera el pelo más largo lo ondearía el viento, pero solo me seca los ojos y me hace pestañear con más frecuencia. No sé cómo he llegado aquí, en el lugar dónde vivo la playa está a cientos de kilómetros, ni siquiera recuerdo lo último que hice, por  más que me esfuerzo no lo consigo. A mi espalda oigo algunos crujidos, mis sentidos se intensifican y me entra un pequeño escalofrío, y sin embargo mi cuerpo se queda paralizado y por más que intento mover aunque sean mis dedos no puedo hacerlo. Vuelvo a oír los crujidos, esta vez con más intensidad, se van acercando cada vez más. Reuno la suficiente voluntad para girarme, y es en este momento cuando me arrepiento de hacerlo porque lo que veo me deja más paralizado todavía. Ante mis ojos aparece una criatura extraña: parece un humano pero empiezan a crecerle las uñas desmesuradamente, comienza a aparecerle pelo en los lugares donde hay piel, le lanza un aullido al cielo nocturno y los crujidos que había oído antes provienen de sus huesos…sus huesos se están rompiendo, todos y cada uno de ellos. Su mandíbula se alarga hasta formar un gran hocico, se coloca a cuatro patas y toma posición preparado para atacarme entonces…me despierto.

Me despierto en mi cama sentándome en ella y respirando agitadamente. Todo ha sido un sueño y lo recuerdo perfectamente, pero consigo calmarme aliviado de que todo haya sido una pesadilla, aunque horrible, solo una insignificante pesadilla. Todavía faltan un par de horas para que suene el despertador, por lo que me levanto y voy a la cocina para beber un vaso de agua fresca. Pero oigo tras de mi un gruñido y cuando me doy la vuelta un poco atemorizado veo a mi perro sentado sobre sus patas traseras y meneándo la cola enérgicamente. Aliviado, y sintiéndome un poco tonto, le acaricio la cabeza y me sigue hasta la cama.