El acantilado

Al mirar por encima del acantilado los recuerdos afloran a mi mente como si de una película en blanco y negro se tratase. Las lágrimas brotan de mis ojos, no puedo evitar emocionarme con todo lo que he vivido. La muerte de mi madre, esa mujer tan dulce y llena de coraje y fuerza ya no está está, el nacimiento de mi hija, esa niña tan hermosa de pelo negro y piel morena que se rió con venir a este mundo.

Pero aún teniendo a mi hija a mi lado, siento que no puedo más, que no me quedan fuerzas para continuar. No tengo motivos ni fuerzas para levantarme de la cama cada día, siento que mi lugar ya no está aquí, sino en otro sitio al que no he ido nunca.

Necesito que el dolor deje de instaurarse en mi pecho y la única forma de hacer que salga es dejándome caer al vacío.

Mis pies van avanzando como si tuvieran vida propia, el aire helado me golpea la cara. Por un segundo, mi mente empieza a imaginar como sería mi vida si siguiera viviendo, junto a mi novio y a mi hija. Mi niña. Mi pequeña se sentirá muy triste cuando se entere de que su madre no volverá a darle un beso de buenas noches, ni le volverá a leer su libro de cuentos.

Y mi novio. El padre de mi niña. Si me lanzo le haré tanto daño, le haré sufrir tanto…Yo le quiero, estoy enamorada de él, tanto que creo que no le merezco.

De pronto, mis pies empiezan a retroceder sin yo notarlo. No puedo hacerlo, no puedo hacerle daño a mi hija, no puedo destrozarle el corazón a mi pareja. Me dolería tanto verles pasarlo mal como me duele ahora el pecho.

Me alejo corriendo del acantilado y me dirijo al coche. Una vez dentro, respiro aliviada y arranco el coche para irme a mi casa. Con mi familia. Por la que daría la vida por ella.