La dama perdida

Negro. Todo es oscuridad. Por más que intento abrir los ojos no consigo ver nada. Me ha vuelto a encerrar. Mi estómago ruge de hambre, mi garganta, lleva seca varios días. En estos días anteriores, solo he podido ver la luz cuando él ha entrado para darme patadas en el estómago durante horas, después se va, no sin antes escupirme.

Pasan las horas y sigo tirada en el suelo, sin fuerzas para levantarme. De pronto, la puerta se abre; un gran rayo de luz me atraviesa los ojos, él se acerca, me estremezco pero sin moverme del suelo. Me coge en brazos y me lleva a la habitación de siempre. Me coloca con cuidado sobre la cama y me tapa con la manta. Vuelvo a caer en la oscuridad.

Tengo algunos recuerdos de esos días: él dándome de comer, tapándome, cuidándome las heridas y los moratones…No hace más que pedirme perdón. Ya han pasado dos meses desde aquella horrible experiencia, pero él ya se porta bien conmigo, no me insulta, no me pega. Estamos dando un paseo cogidos de la mano, hablando sobre las cosas que nos gustaría hacer. Es entonces cuando encuentro una cara conocida, mi mejor amiga, por lo que nos saludamos dándonos dos besos:

–  Hacia mucho tiempo que no te veía – me dice abrazándome. Se separa de mi y me mira a los ojos – ¿Estás bien?

–  Sí, estoy muy bien – le digo con una sonrisa que abarca todo mi rostro.

Me mira con dulzura, me vuelve a abrazar y me susurra al oído:

–  Si necesitas mi ayuda ya sabes donde estoy – se aparta de mi para mirarnos a ambos con una sonrisa – Bueno me voy que tengo prisa, me ha alegrado veros.

Observo como se aleja con una sonrisa. Me siento llena de felicidad, giro la cabeza esperando ver una cara de felicidad en su rostro, pero en lugar de eso le veo a él, el monstruo. Me coge de la mano y tira de mi con paso apresurado hasta llegar a casa. Abre la puerta y me tira en el sofá:

–  ¡¿No te he dicho muchas veces que no tienes que hablar con nadie?! ¡No necesitas amigos, solo me necesitas a mi! – grita pegando su cara a la mía.

–  P…p…pe…per – digo tartamudeando.

Me golpea para hacerme callar con la mano, me agarra del pelo y me arrastra hasta el SÓTANO.

–  A ver si algún día aprendes, zorra – me susurra al oído y me tira por las escaleras.

Al aterrizar en el suelo, me golpeo en el brazo, el cual no siento ni puedo mover. No me muevo hasta lograr recuperar la respiración. Conteniendo el aliento, me levanto del suelo; todo está cambiado, ya no hay alfombras, ni mesas, ni muebles…ni siquiera está la ventana. Intento buscar el interruptor de la luz, pero no consigo encontrarlo, la única luz que puedo ver se cuela bajo la puerta. Sé que el cualquier momento entrará para violarme. Tengo que idear un plan para salir de aquí…aunque eso me cueste la vida.

Antes de que pueda ocurrírseme algo, él abre la puerta. Baja con paso lento y amenazante avanzando hacia mi. Me agarra del cuello y me tira al suelo, se echa encima de mi, echándome el aliento en la cara.

–  ¿Esto es lo que quieres, no puta?

Junto a la pared veo un palo que ha dejado en el suelo, le doy un golpe en la entrepierna, otro en el estómago, le echo hacia un lado, me levanto rápidamente y cojo el palo. Él me alcanza pero le pego con el palo en la cabeza y cae al suelo desmayado. Salgo corriendo de la casa, cuando de pronto noto un mareo que me hace pararme. Tengo una herida en el estómago. Seguro que llevaba un cuchillo para matarme mientras me violaba. De pronto, me choco con una chica.

–  ¿Te encuentras bien? – me pregunta sujetándome por los hombros.

–  Por favor, ayúdame. Me quiere matar. – le suplico con lágrimas rodando por mi rostro.

–  Tranquila, no te preocupes – me dice abrazándome.

–  Tienes que hacerlo – me suplica mi reciente amiga.

No sé como me dejé convencer para poner una denuncia en comisaria. Si llega a enterarse él…no quiero ni imaginarme lo que me haría.

–  Tienes que acabar con esto

–  Pero si se entera, vendrá a por mí – susurro con la voz quebrada y lágrimas en los ojos.

–  Te pondrán en un programa de protección de testigos, no volverá a hacerte daño.

Estamos en una sala con muchas sillas, esperando que venga un policía a buscarnos para poner la denuncia. Estoy aterrada. He pasado de amar a mi novio a temer a un monstruo que casi me mata. He tardado demasiado tiempo en darme cuenta. Tiemblo de terror de solo pensar en volver a verle.

–  Ya pueden acercarse para poner la denuncia – dice una policía entrando en la sala.

Mi reciente amiga y yo nos miramos; ella me da la mano y lentamente salimos de la sala y nos dirigimos a una mesa donde hay un policía. Al verle me quedo rígida sin moverme.

–  Tranquila, no te va a hacer daño – me dice mi reciente amiga acercándome poco a poco a una de          las sillas que hay junto a la mesa.

–  ¿Qué quiere denunciar? – me pregunta el policía.

Dudo mirando a mi amiga, ella asiente silenciosamente. Cierro los ojos y respiro hondo:

–  Quiero poner una denuncia por maltrato

6 años después

–  ¡Luis! ¡Ten cuidado! ¡Te vas a hacer daño! – grito haciendo que me oiga todo el parque.

Mi amiga se ríe de mi, la preocupación excesiva es una de mis muchas virtudes.

Después de denunciar al monstruo, le detuvieron y le condenaron a 3 años de cárcel. Tras estar sin salir de casa durante un mes, fui al psicólogo, que me ayudó a superar el miedo hacia el género masculino y a enamorarme de un buen hombre. Tardé 3 años, pero conseguí tener una familia que me quisiera, y a la que quiero.

Mi amiga se encuentra con una suya:

–  ¿Cómo te llamas? – me pregunta

–  Me llamo Sandra.