En la oficina

Terminé de archivar las facturas cuando oí la puerta de la entrada abrirse. Miré la hora en mi reloj de pulsera. Quedaban cinco minutos para la hora de cerrar y no me apetecía nada atender a otro cliente más. El día había sido demasiado largo y sentía la cabeza a punto de explotar.

Me giré lista con una sonrisa para atenderlo y me di de bruces con él. Me miraba con seriedad, como si no tuviera ni idea de lo que causaba en mí. Tragué saliva mientras sentía como un hormigueo recorría mis labios.

—¿Deseaba algo? —pregunté con la voz temblorosa.

—Venía a recoger unos documentos. Las escrituras del mes pasado —Ni una sonrisa mostró su rostro.

—Por supuesto.

Busqué los papeles que pedía demorándome el máximo tiempo posible. Metí los folios en una carpeta y los dejé a su alcance. Intenté conectar mi mirada con la suya, pero él se empeñaba en mantener la mirada baja. Le había visto en muchas ocasiones cuando iba a la oficina, pero no había forma de saber si estaba interesado en mí.

Ya no podía más. Necesitaba saber si le gustaba o no y mi paciencia se había acabado.

—Adiós —dijo él con intención de despedirse.

—Espera —dije apartándome de la mesa.

Rodeé la mesa y me acerqué a él. Sin dejarle tiempo para reaccionar, lo agarré de la nuca con una mano y lo besé agresivamente. Él se quedó quieto sin saber qué hacer. O eso supuse yo. Sus labios eran cálidos y duros y desprendía un olor a colonia de hombre que me encantaba. Pensé que me apartaría, que me daría un empujón y saldría corriendo pensando lo loca que estaba, pero empezó a corresponderme.

Comenzó a mover sus labios sobre los míos y guio mi lengua en un suave y adictivo viaje. Me empujó despacio hasta apoyarme contra el filo de la mesa. Bajó sus manos hasta la cintura de mi pantalón con intención de desabrochármelos, pero le detuve. Yo no quería tener relaciones en la oficina de manera que cualquiera pudiera vernos. Aparté sus manos de mi pantalón y él me miró con confusión. Yo me percaté del bulto de su entrepierna y mi corazón se aceleró.

Aunque tenía una excitación en el cuerpo que casi no podía controlar, debía pensar con la cabeza.

—Aquí no —posé la mano sobre su pecho con intención de detener cualquier movimiento.

—¿Dónde? —volvió a besarme agresivamente sin tener ninguna piedad con mi boca.

—Esta noche. Nos vemos a las diez.

La niñera

Laura entró en la casa con la llave que le había dado su jefe. Hacía muchos meses que confiaba en ella hasta el punto de que podía entrar en su casa cuando quisiera aunque no fuera en el horario de trabajo que habían establecido para cuidar de su hijo.

El hogar estaba completamente en silencio, ni siquiera se escuchaba al pequeño Thomas quien lloraba sin parar continuamente. Dejó su abrigo y su bolso en la mesa del salón y entró en la habitación del pequeño para ver cómo estaba. El bebé de dieciocho meses estaba dormido y abrazaba a su conejito de peluche como si le acompañara en sus sueños y le protegiera de las pesadillas que le pudieran acechar. Decidió quedarse vigilándolo un rato por si se despertaba, por lo que se sentó en una silla y se observó embelesada.

Sacó su teléfono y habló por Whatsapp con su mejor amiga sobre cómo le había ido el día, se pusieron al tanto de las últimas novedades tanto en los estudios como en el trabajo. De pronto, oyó un ruido procedente de otra habitación y supo que su jefe y padre de Thomas estaba en su despacho trabajando. Como parecía que el niño estaba muy tranquilo se fue a la cocina y limpió todos los platos que había sucios. Al volver al salón se encontró con su jefe sentado en el sofá leyendo el libro que ella se había traído en el bolso.

–  No sabía que te gustaban los libros policíacos – le preguntó sin apartar la vista del libro.

–  Ni yo que tenías por costumbre fisgonear los bolsos ajenos. – Laura se colocó delante con el brazo extendido para que le devolviera su libro.

Una vez lo tuvo de vuelta en sus manos, se giró para meter el libro en su bolso y lo cerró concienzudamente. Cuando se volvió a girar tenía a su jefe a sus espaldas, muy pegado a ella, tanto que podía sentir su aliento rozándole la mejilla. Se acercó más a ella, acarició su mejilla con las yemas de sus dedos y acercó, muy despacio, sus labios a su rostro.

–  Estamos cruzando una barrera – le advirtió Laura temblando de deseo.

–  Lo sé. Pero no es la primera vez que lo hacemos. – le dijo él antes de pegar sus labios a los de ella.

Laura no dudó en corresponder a sus salvajes besos. Agarró su rostro con ambas manos, apenas entraba el aire en sus pulmones, pero ninguno de los dos podía parar ni querían hacerlo. Por muy mal que estuviera, ambos eran dos adultos libres y no tenían que responder ante nadie. Él la apretó contra la pared haciendo que los centros de su cuerpo se tocaran como si no hubiera ropa de por medio.

Sin dejar de besarse, Laura lo empujó hasta hacer que se sentara en el sofá. Se separó de él, se desabrochó los pantalones y se lo quitó junto con la ropa interior. Colocó las rodillas a ambos lados de sus piernas mientras le desabrochaba los pantalones vaqueros y sacaba su miembro sin dejar de mirarlo a los ojos. Laura recorrió el cuello de su jefe con besos cortos y lentos.

–  No sé si me estás volviendo loco o me estás torturando – le dijo apartando el pelo de su rostro para observarla más detenidamente. Laura le dio una sonrisa maliciosa en respuesta.

Se levantó para coger un preservativo de su bolso y se lo colocó a su jefe. Éste estaba muy excitado, pero el deseo de Laura no era menor. Colocó las manos detrás de la nuca de él y le susurró al oído mientras se sentaba a horcajadas:

–  Métemela

Los ojos de su jefe relucían de deseo y tenían un brillo que podrían haberla asustado, pero sólo la hacían querer más y más. Él le hizo caso y la respiración se les cortó a ambos al mismo tiempo. Mientras Laura subía y bajaba por su miembro, dejó que su cabeza descansara en el hueco de su cuello luchando contra sus impulsos de querer gritar como si un monstruo la hubiera poseído.

En el salón se mezclaban los gemidos, los suspiros, los gruñidos, los “no pares” y las respiraciones entrecortadas. Finalmente, él llegó al clímax antes que Laura y le acarició el clítoris en círculos con el pulgar para que consiguiera llegar al orgasmo. Ella lo besó mientras el placer recorría cada centímetro de su cuerpo para evitar dar un grito que escucharía todo el edificio.

Se quedaron quietos esperando que sus respiraciones se normalizaran cuando se repente escucharon que Thomas empezaba a llorar.

El hermano

Me levanto de la cama para ir a la cocina a por un vaso de agua. ¡Siento que me estoy muriendo de sed! Es el fin de semana en el que me he quedado a dormir en la casa de los padres de mi mejor amiga, por lo que es muy pronto todavía para saber dónde están las estancias de la casa. Aún es de noche, miro la hora en el reloj del microondas, son las cinco de la mañana. Cojo un vaso de cristal del armario y, con total tranquilidad, lo lleno de agua del grifo. Las tripas empiezan a rugirme, siempre suele pasarme cuando me desvelo, pero decido ignorarlas y beberme el vaso de agua.

De repente, oigo los pasos de alguien que entra a la cocina. Giro la cabeza para saber quién es, y veo al hermano de mi mejor amiga acercándose a mí. Sus ojos no dejan de observarme, pero intento no mostrar que me intimida.

-Hola, Carlos – le digo en voz baja.

Él no me responde, se sigue acercando a mí y, antes de que pueda reaccionar, me besa. Al principio intento apartarme, pero a los pocos segundos me siento tan excitada que la que sigue besando soy yo. Pego mi entrepierna a la suya dejando de besarle para mirarle a los ojos con deseo mientras arqueo mi espalda para pegarme más a él. Volvemos a besarnos agarrándonos de la ropa, siento que mi clítoris está a punto de explotar y el deseo me consume más y más.

Agarro la cinturilla de su pantalón y se lo desabrocho con las manos temblorosas. Ha tenido que venir de haber salido por ahí por sus amigos, no creo que haya estado toda la noche sólo en la calle. Le bajo los calzoncillos y le detengo unos minutos para tocar y acariciar su pene tranquilamente. Parece hecho de terciopelo. Sé que está tenso y sé le está acabando la paciencia, no creo que se pueda apretar más la mandíbula de lo que ya lo está haciendo él. Me baja los pantalones y las bragas y él empieza a llevar a cabo su dulce venganza, me acaricia toda la vulva, desde la abertura de mi vagina hasta la montaña de mi clítoris, arrastrando todos mis fluidos sin tener la menor compasión con mi excitación.

– Estás muy mojada – dice junto a mi oído.

– Carlos, – le susurro jadeando – como no pares voy a correrme.

Al oír eso se echa a reír, pero teniendo el suficiente cuidado de no hacer ruido para no despertar a nadie. Aparta la ropa sobrante con el pie, y me vuelve a mirar a los ojos, en ellos se percibe peligro, pero en lugar de sentirme asustada e intimidada, sólo consigue excitarme aún más. Levanta mi pierna derecha para que la coloque alrededor de su cintura y, sin ningún preámbulo, me penetra metiéndome toda la verga en la vagina. Estoy tan mojada que no necesito que sea cuidadoso, no necesito dulzura, quiero que sea salvaje, quiero que sea todo lo visceral posible porque yo tengo el mismo deseo…y es como si me leyera la mente.

Me sigue penetrando y conforme lo hace, va aumentando la intensidad, nuestros jadeos aumentan, pero no el volumen, tenemos que tener mucho cuidado. Comienzo a tocarme el pezón del pecho, me está costando muchísimo trabajo aguantar el orgasmo y, cuando Carlos está a punto de llegar, toca suavemente mi clítoris masajeándolo en círculos para que lleguemos juntos al clímax. Y lo consigue…bueno…lo conseguimos.

Carlos cae sobre mí, jadeando por el esfuerzo. No estoy segura de si es él el que me sujeta a mí, o soy yo la que le sujeta a él, pero nos mantenemos juntos unos segundos apoyados contra la encimera de la cocina. No sé cómo, pero en cuánto conseguimos calmarnos volvemos a sentirnos muy cachondos, pero esta vez no volvemos a hacerlo en la cocina, no quiero tentar a la suerte para que nos pillen en plena faena, me moriría de vergüenza. Nos vamos a su habitación, y en su cama me coloco yo encima para empezar a cabalgar su verga.

Esto puede terminar muy mal…

Una bruja poco peculiar

Montada sobre la escoba paseo sobre el firmamento, haciendo que mi sombra cubra la mitad de la luna. Con suavidad, inclino el palo y aterrizo sobre la superficie terrestre. Avanzo con seguridad hacia una casa verde. No soy la típica bruja que lleva un gorro terminado en pico, ni llevo puesto un vestido cuadrado oscuro, sino que soy un poco diferente: aparento ser una mujer joven y normal, vestida con unos vaqueros y una blusa blanca, con el pelo moreno y la tez más bien pálida. Puede parecer que soy una simple chica buena, pero nada tiene que ver con la realidad. Obviamente es la realidad que quiero transmitir, pero sólo para mi propio beneficio.

Doy un par de suaves golpes a la puerta y se abre al instante.

– ¿Puedo ayudarte en algo? – me pregunta un hombre alto con una mirada lasciva recorriéndome de los pies a la cabeza.

– El coche me ha dejado tirada puedo usar tu teléfono para llamar a alguien para que me recoja.

– Claro, pasa.

Tras pasar y cerrar la puerta le miré directamente a los ojos y no dejé que apartara la mirada hasta pasados unos minutos. Entonces comencé a besarle apasionadamente, hasta casi dejarle sin respiración. Le tiré al suelo y le ordené que me bajara los pantalones, lo que hizo arrodillado mientras no apartaba la mirada de mis ojos. Le hice desnudarse, me coloqué sobre él y empecé a cabalgarle. Era yo la que en todo momento controlaba que era lo que pasaba, él estaba hipnotizado, no tenía voluntad, así que yo tenía todo el control.

En cuanto llegué al orgasmo y, sin esperar a que lo hiciera él, levanté ambos brazos hacia arriba, cayeron un par de rayos sobre la casa y el hombre se convirtió en una manada de murciélagos que salieron volando por todos lados. Estallé en unas sonoras carcajadas, cogí el móvil que se estaba sonando y dije una sola frase:

– Ya está hecho

 

Es lo que te mereces

Mientras camino sobre las rocas encojo mis pies por el frío del agua. El viento invernal ondea mi cabello, lo que no permite enfocar la vista en el paisaje. Me bajo de las rocas, para caminar por la tierra húmeda, sintiendo como el agua cristalina me alcanza las rodillas. De pronto, oigo a alguien que me llama, me giró rápidamente y veo a Damián, que se queda parado con la mirada fija en mi. Me dirijo a él, pero sin prisa, moviendo lentamente los pies, disfrutando de la sensación de sentir los pies helados mientras los muevo. Llego a la orilla, donde se encuentra Damián mirándome fijamente con los brazos cruzados. Me coloco en frente de él, nos miramos fijamente a los ojos y rápidamente nos pegamos para besarnos como si nos faltara el aire. Tiro a Damián al suelo y me coloco encima de él. Sigo besándole y cuando empieza a sonreír viene una ola y le ahogo en ella. Empieza a patalear, pero no le suelto hasta que no deja de moverse. Es entonces cuando me levanto y con una sonrisa de oreja a oreja me dirijo hasta la cabaña para quemarla. No me gusta dar explicaciones sobre mis acciones pero creo que en esta ocasión voy a disfrutar dándolas. Mi historia con Damián fue como cualquier película ñoña de amor, sin embargo terminó el día en el que no respetó mi decisión de no tener relaciones sexuales cuando tenía la menstruación, para ser más explícita, ME VIOLÓ, y fue en ese momento cuándo decidí vengarme.

Puede que no sea lo más ético, pero ha sido mi decisión porque no pensaba dejar que un hombre me mancillara y me humillara sin reaccionar.

La venganza del taxista

El taxista se levantó como cualquier otra mañana, fue al baño, se duchó, desayunó y le dio un beso a su gata antes de salir a toda prisa. El día fue transcurriendo con normalidad, muchos clientes a los que llevar, algunos más simpáticos y otros menos, pero no era algo a lo que no estaba acostumbrado. Justo cuando había terminado su jornada, un hombre le pidió llevarlo al hospital ya que su padre estaba allí muy grave. El taxista se compadeció y decidió llevarlo, pero a los pocos minutos de subirse al coche el hombre le colocó una pistola en la cabeza.

– ¡Para el coche y dame todo el dinero que tengas!

El taxista, paralizado y con la manos temblorosas, intentó darle el dinero, pero apenas atinaba de lo nervioso que estaba.

– ¡Rápido, o te juro que te mato! – le gritó el hombre muy furioso.

Cuando le dio el dinero le disparó en el hombro y se fue. Malherido, llamó a una ambulancia como pudo pero se desmayó instantes después.

Al despertar se encontró en una camilla del hospital. Allí había una enfermera que se dispuso a mirar tubos y los papeles que llevaba en la mano en lugar de responder a las preguntas que el taxista le hacía. La enfermera se fue y empezó a observar qué era lo que le había pasado. Podía mover el brazo izquierdo pero el derecho ni siquiera lo sentía, aunque el resto de su cuerpo parecía intacto. Momentos después, entró el médico en la habitación:

– ¿Cómo se encuentra, señor Martínez? – le preguntó el médico mirando unas hojas.

– Bien, excepto por el brazo derecho, no lo siento en absoluto.

– Nadie se lo ha dicho – dijo el médico con angustia en la mirada.

– ¿Decirme qué? – preguntó con el corazón a mil por hora y sin poder respirar

– Ha perdido por completo la movilidad del brazo, al dispararle ese hombre le dio en el tendón y se lo rompió no pudimos hacer nada para salvarlo, aunque podría haber sido peor.

 

Después de esto, el taxista no volvió a ser el mismo. Perdió su trabajo, ya que no podía conducir con un solo brazo, no le daban desempleo, ni ayuda por discapacidad. Empezó a tener depresión, el dinero que le quedaba ahorrado, tras haber pagado las facturas del hospital, lo gastó en emborracharse cada noche hasta que no le quedó nada. El banco le echó de su casa y se marchó con su gata a vivir en la calle, refugiado como podía bajo los cartones. Lo único que le quedaba era su dulce gata, hasta que una noche en la que hizo una gran ola de frío, la gata no pudo aguantar y murió.

Un día, estando bajo su nuevo cartón, oyó una voz que nunca había olvidado: la del hombre que le disparó. Estaba delante de él, trajeado y hablando por teléfono. Se levantó como pudo y lo siguió hasta una calle en la que apenas pasaba gente.

– ¡Oiga, se le ha caído algo!

Al darse la vuelta, el taxista sacó una piedra, se a lanzó a la cabeza. Lo arrastró hasta una esquina, le quitó el traje y se lo puso. Cogió todas sus cosas, su cartera, su móvil y se fue en dirección a su casa. Hizo todo lo posible por parecerse a él físicamente, miró su agenda y fue a sus reuniones. Allí destrozó todos sus contratos e hizo que quebrara su empresa. Él tampoco tenía nada ya. Le robó el dinero que tenía en su casa y su venganza ya estaba cumplida.

La dama perdida

Negro. Todo es oscuridad. Por más que intento abrir los ojos no consigo ver nada. Me ha vuelto a encerrar. Mi estómago ruge de hambre, mi garganta, lleva seca varios días. En estos días anteriores, solo he podido ver la luz cuando él ha entrado para darme patadas en el estómago durante horas, después se va, no sin antes escupirme.

Pasan las horas y sigo tirada en el suelo, sin fuerzas para levantarme. De pronto, la puerta se abre; un gran rayo de luz me atraviesa los ojos, él se acerca, me estremezco pero sin moverme del suelo. Me coge en brazos y me lleva a la habitación de siempre. Me coloca con cuidado sobre la cama y me tapa con la manta. Vuelvo a caer en la oscuridad.

Tengo algunos recuerdos de esos días: él dándome de comer, tapándome, cuidándome las heridas y los moratones…No hace más que pedirme perdón. Ya han pasado dos meses desde aquella horrible experiencia, pero él ya se porta bien conmigo, no me insulta, no me pega. Estamos dando un paseo cogidos de la mano, hablando sobre las cosas que nos gustaría hacer. Es entonces cuando encuentro una cara conocida, mi mejor amiga, por lo que nos saludamos dándonos dos besos:

–  Hacia mucho tiempo que no te veía – me dice abrazándome. Se separa de mi y me mira a los ojos – ¿Estás bien?

–  Sí, estoy muy bien – le digo con una sonrisa que abarca todo mi rostro.

Me mira con dulzura, me vuelve a abrazar y me susurra al oído:

–  Si necesitas mi ayuda ya sabes donde estoy – se aparta de mi para mirarnos a ambos con una sonrisa – Bueno me voy que tengo prisa, me ha alegrado veros.

Observo como se aleja con una sonrisa. Me siento llena de felicidad, giro la cabeza esperando ver una cara de felicidad en su rostro, pero en lugar de eso le veo a él, el monstruo. Me coge de la mano y tira de mi con paso apresurado hasta llegar a casa. Abre la puerta y me tira en el sofá:

–  ¡¿No te he dicho muchas veces que no tienes que hablar con nadie?! ¡No necesitas amigos, solo me necesitas a mi! – grita pegando su cara a la mía.

–  P…p…pe…per – digo tartamudeando.

Me golpea para hacerme callar con la mano, me agarra del pelo y me arrastra hasta el SÓTANO.

–  A ver si algún día aprendes, zorra – me susurra al oído y me tira por las escaleras.

Al aterrizar en el suelo, me golpeo en el brazo, el cual no siento ni puedo mover. No me muevo hasta lograr recuperar la respiración. Conteniendo el aliento, me levanto del suelo; todo está cambiado, ya no hay alfombras, ni mesas, ni muebles…ni siquiera está la ventana. Intento buscar el interruptor de la luz, pero no consigo encontrarlo, la única luz que puedo ver se cuela bajo la puerta. Sé que el cualquier momento entrará para violarme. Tengo que idear un plan para salir de aquí…aunque eso me cueste la vida.

Antes de que pueda ocurrírseme algo, él abre la puerta. Baja con paso lento y amenazante avanzando hacia mi. Me agarra del cuello y me tira al suelo, se echa encima de mi, echándome el aliento en la cara.

–  ¿Esto es lo que quieres, no puta?

Junto a la pared veo un palo que ha dejado en el suelo, le doy un golpe en la entrepierna, otro en el estómago, le echo hacia un lado, me levanto rápidamente y cojo el palo. Él me alcanza pero le pego con el palo en la cabeza y cae al suelo desmayado. Salgo corriendo de la casa, cuando de pronto noto un mareo que me hace pararme. Tengo una herida en el estómago. Seguro que llevaba un cuchillo para matarme mientras me violaba. De pronto, me choco con una chica.

–  ¿Te encuentras bien? – me pregunta sujetándome por los hombros.

–  Por favor, ayúdame. Me quiere matar. – le suplico con lágrimas rodando por mi rostro.

–  Tranquila, no te preocupes – me dice abrazándome.

–  Tienes que hacerlo – me suplica mi reciente amiga.

No sé como me dejé convencer para poner una denuncia en comisaria. Si llega a enterarse él…no quiero ni imaginarme lo que me haría.

–  Tienes que acabar con esto

–  Pero si se entera, vendrá a por mí – susurro con la voz quebrada y lágrimas en los ojos.

–  Te pondrán en un programa de protección de testigos, no volverá a hacerte daño.

Estamos en una sala con muchas sillas, esperando que venga un policía a buscarnos para poner la denuncia. Estoy aterrada. He pasado de amar a mi novio a temer a un monstruo que casi me mata. He tardado demasiado tiempo en darme cuenta. Tiemblo de terror de solo pensar en volver a verle.

–  Ya pueden acercarse para poner la denuncia – dice una policía entrando en la sala.

Mi reciente amiga y yo nos miramos; ella me da la mano y lentamente salimos de la sala y nos dirigimos a una mesa donde hay un policía. Al verle me quedo rígida sin moverme.

–  Tranquila, no te va a hacer daño – me dice mi reciente amiga acercándome poco a poco a una de          las sillas que hay junto a la mesa.

–  ¿Qué quiere denunciar? – me pregunta el policía.

Dudo mirando a mi amiga, ella asiente silenciosamente. Cierro los ojos y respiro hondo:

–  Quiero poner una denuncia por maltrato

6 años después

–  ¡Luis! ¡Ten cuidado! ¡Te vas a hacer daño! – grito haciendo que me oiga todo el parque.

Mi amiga se ríe de mi, la preocupación excesiva es una de mis muchas virtudes.

Después de denunciar al monstruo, le detuvieron y le condenaron a 3 años de cárcel. Tras estar sin salir de casa durante un mes, fui al psicólogo, que me ayudó a superar el miedo hacia el género masculino y a enamorarme de un buen hombre. Tardé 3 años, pero conseguí tener una familia que me quisiera, y a la que quiero.

Mi amiga se encuentra con una suya:

–  ¿Cómo te llamas? – me pregunta

–  Me llamo Sandra.

Un embarazo deseado

En el suelo veo a un roedor comiendo un trozo de queso. No es la primera vez que lo veo zampándose mi comida. Lo cojo y lo coloco en una caja sin tapa, aunque sé que se volverá a escapar. Subo la escalera para entrar en el estudio. Soy fotógrafa profesional, pero tengo mi estudio de fotografía en mi casa, por lo que a veces hago demasiadas horas extras. Me acerco a la ventana, veo que unos hombres llevan a cuesta un ataúd y tras ellos les sigue su viuda. Es joven, por lo que supongo que lo debe estar pasando muy mal. Oigo que llaman al timbre, bajo la escalera rápido y abro la puerta.

–  ¡No vas a creer lo que he hecho! – dice mi amiga Malena entrando como un torbellino.

–  ¿Qué pasa, Mal? ¿No has podido ir hoy a clase de baile? – le pregunto con sorna apoyando la cadera en la pared.

–  ¡Qué va! Hoy tocaba bailar tango. ¡Y me ha tocado bailar con el instructor! – dice imitando los pasos que supongo que ha aprendido, aunque no creo que se le haya dado demasiado bien por lo que veo.

–  Vaya, un regalo del destino – digo riéndome a lo que ella se cruza de brazos y me mira enfadada.

–  ¿Has terminado? – dice mirándome muy seria.

–  Vale, tranquila, no te enfades.

–  Bueno, ¿puedo contarte ya lo que he hecho?

–  Claro.

–  Pues resulta que después de ir a clase de baile, me encontré a una vagabunda en el suelo. Parecía pobre pero llevaba algo en el cuello parecido a un talismán. Me pidió dinero y no le iba a hacer caso, pero me fijé en que estaba embarazada. No era muy mayor, así que le pregunté cómo se había quedado embarazada y me dijo que un día volvía a casa cuando un grupo de hombres la violaron. Cuando regresó a casa, se lo dijo a su novio y este la echó de su casa. No tenía familia ni donde dormir por lo que durante todo ese tiempo estuvo sobreviviendo en la calle y comiendo de la basura. Entonces se enteró que estaba embarazada, pero nadie quería ayudarla. Cuando terminó de contarme todo esto, me dio tanta lástima que la llevé a una asociación de ayuda a mujeres violadas y allí le ayudarán.

–      –  Vaya es increíble. Me he emocionado hasta yo – digo secándome los ojos.

–      –  Pues si la verdad, no entiendo como una persona puede abandonar a otra cuando le ha pasado algo tan terrible, me dijo que todavía guardaba la alianza de su novio, aunque yo le dije que debería prenderle fuego, la verdad.

–      –   Pues yo tengo un secreto que contarte.

–      –  ¿Así? ¿Cuál? – me pregunta con curiosidad

–      –  He pedido cita para hacer la fecundación in vitro.

–      –   Oh, Sonia, es increíble. Me alegro de que por fin puedas tener un hijo. Sé que tenías muchas ganas y estaba segura de que estar soltera no iba a ser una limitación para ti.

–      –  Sé que va a ser difícil pero estoy segura de que voy a ser una gran madre.

–      –  Claro que lo serás. Pero me gustaría acompañarte. ¿Cuándo tienes que ir?

–      –  Mañana tengo que estar en la clínica, pero me hacen las pruebas a las doce. Así que si quieres podemos pasar la tarde juntas.

–      –   Sería genial. Oye una cosa, ¿qué hay en ese frasco en la mesa?

–      –   Es pis para las pruebas de mañana.

–      –   ¡Pero si es naranja!

–      –  Será que habré comido demasiadas zanahorias – digo sonriendo