La escritora desconcentrada

La joven escritora se encontraba en el jardín de la casa de su ¿amante? aporreando las teclas de su portátil ante una ola de inesperada inspiración. Le encantaba escribir en el jardín, se había convertido en su lugar favorito: el aire fresco, los pies descalzos sobre la hierba, el paisaje de la playa a lo lejos…para ella era un paraíso.

Miranda, desde hacía años, había tenido la tentación de dejar de escribir siempre que alguien se acercaba, la avergonzaba que cualquier persona leyera las primeras versiones de sus escritos. Pero con Tyler había sido diferente. Dejaba que leyera lo que escribía. A veces estaba cuatro y cinco horas escribiendo, y no le importaba que lo leyera todo.

Tyler se acercó a ella y empezó a acariciarle el cuello con suaves besos. Las cosquillas le recorrían la piel, pero no dejó de escribir. Él, mientras seguía besándola, bajó su mano por el estómago de Miranda, hasta llegar a sus vaqueros. Los desabrochó, bajó la cremallera haciendo un estridente ruido, y deslizó la mano dentro de su ropa interior. Por la sorpresa, Miranda dejó de escribir unos segundos.

–Sigue escribiendo –le ordenó él con una sensual voz ronca.

Ella intentó volver a escribir, pero ya estaba desconcentrada, no podía articular ni una sola frase. Tyler usó la humedad de Miranda para masajear su clítoris y fue dibujando pequeños círculos. Notó como aquel minúsculo botón se iba hinchando de excitación al tiempo que Miranda no paraba de jadear. Mantenía los puños cerrados y movía las caderas sobre su mano en busca de más placer. El orgasmo sacudió el cuerpo de Miranda en pocos minutos y gritó dando gracias de que estuvieran solos en la casa.

Con una sonrisa, miró a Tyler y, por unos instantes, odió lo inoportuno que podía llegar a ser, pero también amaba que hiciera aquellas cosas en los momentos más inesperados. Él sacó la mano de los pantalones de Miranda y se chupó los dedos ruidosamente. Ella se fijó en el bulto que predominaba en sus pantalones.

Con dedos temblorosos, descubrió su miembro y se lamió los labios como si se encontrara ante una suculenta golosina. Le echó una mirada traviesa y cubrió con sus labios el capuchón. Recorrió con su caliente lengua cada rincón de la piel de su miembro. Besó cada centímetro de su envergadura y se ayudó de las caricias de sus dedos para excitarlo aún más. Siguió lamiendo y chupando hasta que, haciendo movimientos ascendentes con su mano, logró que Tyler se corriera.

El temblor recorrió cada rincón del masculino cuerpo y los murmullos de placer no pararon de sucederse. Miranda observaba los espasmos de su cuerpo juguetonamente mientras aprisionaba con sus dientes el labio inferior. Se estaba convirtiendo en una visión de la que disfrutaba y cada día era mejor que el anterior. Miranda se puso de pie y se adentró en la casa despacio ante la inquisitiva mirada de Tyler que sonreía ante su chulería.

El hermano de mi mejor amiga

Ingrid fue a la cocina en busca de algo para comer. Escuchó cómo se abría la puerta de la entrada. Vio como el hermano menor de Mónica entraba en casa. Ingrid sintió como la boca se le secaba. No iba a dejarlo escapar. Lo siguió hasta su habitación y cerró la puerta.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Fran con confusión.

—Consiguiendo que dejes de ignorarme.

Ingrid agarró el rostro de Fran entre sus manos con brusquedad y lo besó furiosamente. Fran se resistió en un primer momento, pero pocos segundos después se relajó.

La mano de Fran se posó sobre la cintura de Ingrid y, suavemente, ascendió hasta alcanzar su pecho. El contacto provocó un placentero cosquilleó en el cuerpo de ella. Ingrid se separó con intención de marcharse, pero él la agarró de la mano impidiendo que desapareciera de su vista.

—¿Te vas? —le preguntó Fran con la respiración agitada.

—Sí. ¿Por qué? ¿Quieres algo? —Ingrid detuvo la vista en la abultada entrepierna del pantalón oscuro y se mordió el labio inferior.

—Quiero continuar—Fran miró los hinchados labios de Ingrid—. ¿Quieres tú llegar más lejos?

Volvió a acercarse a él, posó la mano sobre su pecho y lo empujó logrando que cayera de espaldas sobre la cama. Se colocó sobre el cuerpo de Fran y volvió a besarlo. Sus lenguas se entrelazaron acompañándose en un sensual baile.

Ingrid se bajó de la cama unos segundos para deshacerse del pantalón y de la ropa interior.

—¿Seguro que quieres que continuemos? —preguntó Ingrid. Altamente excitada, frotó su pubis contra el hinchado bulto de manera que el pantalón acabó manchado de sus fluidos.

Un gemido salió de los labios de Fran.

—Sí. No te detengas ahora —dijo él con una voz ahogada.

Ingrid desabrochó el botón de su pantalón y deslizó la cremallera lentamente hasta dejar a la vista su ropa interior. Ella liberó su miembro. La excitación recorría cada uno de los rincones de su cuerpo y notaba cómo un húmedo y agradable calor se instalaba entre sus piernas. Acarició el glande con el pulgar deleitándose con los sonidos que él profería.

Levantó las caderas e introdujo el miembro en su interior. La sensación que sentían era deliciosa. La piel de Fran dentro de las húmedas cavidades de Ingrid, el olor del sexo de ella impregnaba toda la habitación, el sonido de sus respiraciones deseosas de continuar.

Bruscamente, Fran se dio la vuelta, colocando a Ingrid en la parte de abajo y quedando él arriba. Fran comenzó a embestirla muy rápido y fuerte causando en Ingrid altos gritos de placer.

—Sigue. No pares. Por favor, no pares —dijo ella entre sonoros jadeos.

Ella deslizó la mano entre sus cuerpos hasta dar con el clítoris. Con dos dedos, lo acarició en círculos hasta conseguir que una intensa descarga eléctrica recorriera cada centímetro de su cuerpo. Las contracciones de su vagina causaron que Fran se corriera sin que le diera tiempo a salir de su cuerpo.

En el almacén

Entré en el local y no podía creer que Jack estuviera allí. Hacía más que una semana que no nos veíamos, ni siquiera nos habíamos encontrado en los oscuros callejones de la ciudad. Pero por esa razón estaba allí. Había albergado la esperanza de que lo encontraría en la tienda, como la última vez.

Me acerqué al mostrador y le miré a los ojos. En su mirada estaba escrita la debilidad que sentía por mí. Los deseos que no podía esconder por mucho que lo intentara.

—¿Qué haces aquí? —La voz le temblaba.

—Tenía que verte —le respondí.

—Deberías irte —bajó la mirada de forma esquiva.

No quise obedecerle. Me metí detrás del mostrador, dónde estaba él, y le cogí de la oscura mano entrelazando nuestros dedos. Logré que volviera a mirarme a los ojos y lo arrastré hasta el almacén. Me separé unos segundos y cerré la puerta. Volví a ponerme junto a él, lo empujé hasta que su espalda quedó pegada a la pared y besé sus gruesos labios.

Colocó sus manos alrededor de mi gruesa cintura y sonreí al percibir que él deseaba lo mismo que yo. La dureza de sus pantalones comenzaba a presionar mi entrepierna, y la excitación crecía en mi interior. Separé mi boca de la suya y, mirándole a los ojos, agarré la hebilla de su cinturón. Lo desabroché, desabotoné el botón del pantalón y deslicé despacio la cremallera hasta bajarla por completo. Vislumbré sus calzoncillos rojos, me mordí el labio inferior de puro nerviosismo.

Bajé el elástico de su ropa interior y saqué su oscuro miembro. Con la boca levemente abierta, le miré a los ojos unos segundos para volver a detenerme en su falo. Pasé la yema del pulgar por la punta y dibujé pequeños círculos. Su cuerpo comenzó a tener leves temblores y podía oír los jadeos que salían de sus labios. La satisfacción recorría mi cuerpo junto con un dulce calor que terminaba en mi entrepierna. El hormigueo que sentía era delicioso y no paraba de sentir unas irrefrenables ganas de calmarlo.

—Vamos a arrepentirnos de esto —dijo Jack en un leve susurro.

—¿Quieres parar? —le pregunté mirándole a los ojos.

—No.

—Entonces vamos a disfrutar mientras podamos —dije sin apartar la mano de su pene mientras con la otra mano acariciaba su pecho por encima de la camisa y le daba tímidos besos en el cuello—. Siéntate en el suelo.

Me obedeció apoyando su espalda en la pared. Yo me deshice de los zapatos, los pantalones y la ropa interior. Estaba mojada y excitada. Sentía que los pechos iban a salírseme del sujetador de lo hinchados que estaban.

—Tendremos que darnos prisa, no vaya a ser que te echen de menos —dije con una sonrisa sobre sus labios.

De pronto, noté una inesperada presión en mi vagina. De improviso, Jack había metido su miembro en mi vagina sin que me diera tiempo a reaccionar.

—Pues aprovechemos el tiempo —dijo Jack juguetonamente.

Moví la pelvis sobre su pubis buscando aliviar mi hinchado clítoris. Comencé a cabalgar sobre su polla en cuclillas y me agarré a sus hombros para evitar caerme. Su miembro entraba y salía de mi cuerpo. Los jadeos se mezclaban con los besos mientras luchábamos por alargar el momento lo máximo posible. Agarré su mano y coloqué sus dedos índice y corazón sobre mi clítoris. Un largo jadeo se me escapó al sentir las yemas de sus dedos sobre mí y arqueé la espalda incapaz de aguantar el orgasmo un segundo más.

—No aguanto más —dije esforzándome por no gritar.

—Apoya las rodillas en el suelo.

Le obedecí. Comenzó a penetrarme muy rápido en busca de su propio placer al tiempo que acariciaba mi clítoris con el pulgar. El orgasmo llegó inundando cada centímetro de mi piel de tal manera que sentí que me mareaba. Las contracciones de mi coño causaron el orgasmo de Jack logrando que se corriera dentro de mí.

Me separé de él con la respiración agitada y me senté sobre el frío suelo frente a Jack. Ambos sonreímos al oír sonar la campana de la entrada que indicaba que un nuevo cliente había llegado a la tienda. Jack se acercó a mí, aún con el miembro flácido y relajado fuera de la ropa interior, y me dio un intenso beso con el que recorrió el interior de mi boca.

Nuestra historia estaba prohibida, pero aquello era lo único a lo que nos podíamos aferrar.

El hombre afortunado

Lisa se encontraba caminando con tal alegría entre la tarde nevada de aquel frío diciembre que parecía que fuera saltando. Al fin había encontrado trabajo después de tantas entrevistas y era su época favorita del año: Navidad. Adoraba recorrer las calles iluminadas por las luces de brillantes colores y el olor a castañas asadas que le hacía salivar.

De repente, su alegría se paralizó unos instantes. Sentado en un banco había un hombre sucio y harapiento que sostenía en la mano un plato con unas pocas monedas. Lisa no pudo evitar acercarse a él cuando la observó con una apenada mirada. El hombre pensaba que le daría algo de dinero, como hacía el resto de personas invadidas por la generosidad navideña. Sin embargo, Lisa le cogió de la mano y le pidió que la acompañara a su casa. Pensaba darle un techo y toda la comida que le apeteciera. El hombre la obedeció y se encaminaron juntos mientras le daba las gracias por su hospitalidad.

Pero, Lisa no quería que se las diera. Sabía lo que era pasar hambre y frío en la calle. En su día, a ella le hubiera gustado que alguien hubiera hecho lo mismo por ella.

Reencuentro en la librería

Daniela se acercó a la estantería de la librería muy despacio. Los movimientos que hacían sus pies eran tan precisos que parecían ir a cámara lenta. Pasó los dedos sobre el lomo de los libros con sumo cuidado, no quería que se estropearan.

Paseó la vista por cada uno de los estantes que había a su alrededor y se dirigió a la sección de la novela de terror. Con un libro de Stephen King en las manos, sintió que había alguien detrás de ella. Miró de reojo a su derecha, pero no vio nada ni a nadie. El dependiente de la librería permanecía ante el mostrador y Daniela era la única clienta que quedaba en la tienda.

La yema de unos dedos se posaron sobre su cuello con delicadeza y se deslizaron sobre su hombro provocándole un incomprensible cosquilleo. Daniela expulsó lentamente el aliento que había estado reteniendo sin darse cuenta. ¿Quién era la persona que la estaba tocando? ¿Acaso la conocía? ¿Con qué derecho? El primer instinto de Daniela era salir corriendo no sin antes darle una bofetada a la persona que se había atrevido a acosarla.

Sin embargo, se quedó quieta, esperando. La mano desconocida siguió descendiendo hasta llegar a su redonda cintura. Daniela notó a su corazón latiendo muy deprisa, tanto que no era capaz de contar los saltos que daba por segundo. Decidió que el momento de girarse ya había llegado. Se moría por saber quién estaba detrás de ella.

Dejó la vista fija en el suelo y dio media vuelta sobre sí misma sin despegar las manos del libro. Al detener su movimiento, Daniela veía unos zapatos que debían pertenecer a la persona que la tocaba, pero su imagen estaba difusa. Los ojos de Daniela ascendieron hasta detenerse en la cara de quién la tocaba. Dejó caer el libro con un estruendo al suelo y se cubrió la boca con las manos.

El fantasma de su difunto novio la observaba con ojos tristes. Aún llevaba el traje de la boda que no tuvieron ocasión de terminar de celebrar. Un sollozo se escapó de su garganta y las lágrimas se deslizaban por su mejillas. Intentó tocar la mano del fantasma, pero su humano cuerpo la traspasaba sin ningún esfuerzo. El ser incorpóreo le dio un beso en la frente y se alejó de ella hasta desaparecer.

Daniela no podía moverse y tampoco quería que la volviera a abandonar, pero sabía lo que estaba haciendo. Se estaba despidiendo por última vez y le daba la oportunidad de recomponer su vida.

Twitter y unas fotos

Alberto encendió un día más el ordenador con el estómago encogido por los nervios. Tenía que entregar un trabajo para clase y le quedaban pocas horas para que venciera el plazo. Comenzó a escribir cuando sonó su móvil. Era una notificación.

Desbloqueó el teléfono y observó que la notificación era de un nuevo mensaje privado de Twitter. El miedo dominó el cuerpo de Alberto. No quería leer aquel mensaje, sabía quién se lo había enviado. Decidió que lo ignoraría. Si no lo leía sería como si no existiera, pero le volvió a llegar otro mensaje.

Él se negaba a mirar el móvil siquiera, pero le volvió a llegar un tercer mensaje. Con un suspiro de resignación decidió leer los mensajes.

Nos vemos esta tarde en el hotel

Ya sabes lo que pasará si no vienes

Tengo fotos tuyas y se las enviaré a tus padres

No era la primera vez que aquella mujer amenazaba con enviar las fotos que el le había mandado a gente de su entorno. Sabía que tarde o temprano volvería a enviarle esos asquerosos y amenazantes mensajes. Sin embargo, ya no tenía nada de que temer. Su familia lo sabía todo. Habían ido a la policía y denunciaron lo que estaba haciendo aquella mujer.

Alberto estaba muy arrepentido. Había accedido a los chantajes de su ciber-acosadora, se equivocó al mandarle fotos suyas desnudo, pero mantuvo relaciones con ella bajo sus horribles amenazas. Su familia lo ayudó y lo apoyó. Lo acompañó a poner la denuncia contra esa mujer y sólo quedaba esperar que la justicia siguiera su curso y rezar para no difundiera las fotos entre ninguno de sus conocidos. Antes preferiría abandonarlo todo y fugarse muy lejos de allí.

El cadáver

Sonó un disparo y asesinó a sangre fría. Todo se quedó en el silencio más absoluto. La sangre manaba de la herida de bala como el agua de un río. El suelo se teñía de rojo y los ojos de la víctima observaban a su asesino. Unos ojos negros que ya no tenían ni un gramo de vida en su interior.

Fran tiró la pistola al suelo, sobre el charco de sangre. Sacudió sus manos y asomó la cabeza por la ventana de la habitación. La ciudad permanecía en calma. Nada se había alterado. Volvió a observar el cadáver del que una vez fue su hermano, pero en ese momento era un traidor. Un asqueroso marica.

Aunque siempre sospechó que había algo que no funcionaba como debía en su hermano, jamás hubiera pensado que sería homosexual. Para él era impensable. Cuando se lo contó creyó que Fran lo comprendería, que lo ayudaría. Y eso era lo que había hecho. Acabar con su vida era lo mejor que podía hacer por él.

Fulminó con la mirada el inerte y desnudo cuerpo, y caminó hacia la puerta. Sólo se tenían el uno al otro desde que sus padres murieron, pero era mejor estar sólo que acompañado de un monstruo.

Masajes escondidos

Me asomé por la ventana y vi a Óscar apoyado en la moto. Me miró con sus descarados ojos azules retándome a dar el siguiente paso.

-¿Subes tú o bajo yo? -le pregunté.

No me respondió. Se apartó de la moto y entró en el portal. Fui hacia la puerta y la abrí justo cuando él ya había llegado al tercer piso. Nos quedamos observándonos  unos segundos. El deseo fluía entre nosotros aunque no lo quisiera reconocer. Ninguno de los dos se atrevió a besar al otro, aunque era lo que queríamos hacer. 

-¿Por qué has venido? -le pregunté.
-Porque quiero seguir jugando -al contestarme su voz sonaba ronca delatando sus deseos.

No dije nada. Caminé por el pasillo hasta entrar en la habitación de mis padres. Su cama era mucho más cómoda que la mía. Óscar cerró la puerta tras de sí y colocó su cuerpo pegado a mi espalda. Acercó su nariz a mi cuello e inspiró mi aroma, provocándome un dulce cosquilleo.

-Desnúdate y túmbate en la cama. Boca abajo. -me ordenó.

Yo obedecí, pero con lentitud, observando las reacciones que provocaba en el cuerpo de Óscar la visión de mi cuerpo desnudo. Su respiración se estaba volviendo agitada y, en su entrepierna, estaba creciendo un duro bulto que me hacía salivar.

Una vez me quedé completamente desnuda, me tumbé en la cama y esperé. Él se acercó a mí. Se sentó en la cama y comenzó a masajearme; los hombros, el cuello, la parte alta de la espalda, los riñones, la zona lumbar… Llegó a mi trasero y, cuando pensé que no seguiría avanzando, me demostró lo equivocada que estaba. Empezó a masajearme los glúteos con los pulgares dibujando pequeños arcos que me iban calentando poco a poco.

-Date la vuelta -volvió a ordenarme.

Lo hice, pero muerta de vergüenza, sin atreverme a levantar la vista. De nuevo, masajeó mis hombros, se detuvo bastante tiempo en mis pechos hasta conseguir que se pusieran duros. Me mordí el labio, en mi entrepierna estaba comenzando a tener un punzante dolor que necesitaba aliviar y no hacía más que desear que recorriera con su lengua mis abultados montículos.

Haciendo caso omiso de mis mudos deseos, masajeó mi estómago y se detuvo en mi dolorida entrepierna. Creí que al fin haría algo para aliviarla pero sólo se apartó y me observó traviesamente. Me incorporé sobre los antebrazos y le miré desafiante. Abrí las piernas y me metí dos dedos sacando un poco de mi dolorida humedad y la llevé hasta mi clítoris. Óscar tenía las pupilas dilatadas y su aliento salía con tal fuerza de su boca que podía sentirlo sobre mí.

-¿Qué estás haciendo? -me preguntó.

-Me has dejado muy caliente. Necesito aliviarme. -le respondí con descaro.

Se quedó observando como masajeaba mi clítoris usando sólo un dedo y, estaba tan excitada, que llegué al orgasmo en apenas cinco minutos. Mi cuerpo se convulsionó y entre las olas de placer pude ver cómo Óscar se pasaba la lengua por el labio inferior.

-¿Mejor? -preguntó acercándose a mí.
-Sí -puse las manos a ambos lados de su cara y lo atraje hacia mí para besarlo. Apoyó las manos en el colchón para evitar caerse y continuamos besándonos.

-Ahora es tu turno -dije tras separar mis labios de los suyos.
-Eso no es lo que había planeado.
-Pero yo sí.

Desnudó su escultural cuerpo y se deleitó en los efectos que causaba en mi desnudo cuerpo. Se tumbó boca abajo, igual que lo había hecho yo. Dibujé amplios círculos en cada centímetro de su espalda y escuché como suspiraba de placer.

-Tus manos son muy suaves -mencionó en un tono ronco.

Sonreí, seguí masajeando la parte baja de su espalda y, al igual que él, me entretuve en sus glúteos. Sus suspiros de placer se volvieron más intensos cuando recorrí su columna vertebral con la punta de mi lengua. Le pedí que se diera la vuelta, pero no seguí masajeándolo. Me dirigí directamente a su duro y abultado miembro, cosa que Óscar no se esperaba. Lo envolví con una mano y lo masajee despacio y con cuidado.

-Mmm…vas a volverme loco.
-Esa es la idea -respondí descaradamente.

Los movimientos descendentes y ascendentes que hacía mi mano me tenían muy concentrada. Los gemidos de placer que emitía Óscar me estaban volviendo a excitar y el tacto de la piel de su miembro me encantaba. Aumenté el ritmo, los jadeos de él inundaban la habitación hasta que se corrió en mi mano.

Caminando a cuatro patas sobre la cama, me acerqué a él para que lamiera la mano con la que lo había masturbado. Volvimos a besarnos cuando oí el ruido de la puerta de casa abriéndose y la voz de mi madre llamándome.

Nos vemos en el parque

Rompió la carta y confió en su suerte que en los últimos tiempos no había sido muy buena. Observó con inquietud a su alrededor y se adentró en el solitario parque. Por primera vez desde hacía años se encontraba solo, sin nadie a quien acudir pero había tomado una decisión y no quedaba tiempo para echarse atrás.

Esperó bajo un espeso árbol a que su acompañante acudiera a su encuentro durante minutos que se le pasaron tan lentos como horas y horas que parecieron días. Acabó desistiendo en su empeño por seguir esperando y, aún con los restos de carta en el bolsillo, se marchó a su casa. Él le había prometido que se encontrarían y se marcharían lejos de allí, a una bonita casa de campo junto a un riachuelo. Le prometió que los hijos de él vivirían con ellos y serían una gran familia. Se lo había prometido muchas veces en la cama y se lo había vuelto a prometer en aquella carta de la que no debía quedar ni rastro.

Estaba destrozado. Al entrar en su casa su novia lo miró a los ojos alarmada.

– Jason, ha ocurrido algo.

– ¿Qué ha pasado? -le preguntó él frunciendo el ceño.

– Mi hermano. Ha tenido un accidente con los niños. Está muy grave.

Se le alojó un nudo en la garganta de puro terror. Sabía que si no había acudido a su encuentro era por algo grave. Sin embargo, se sentía aterrorizado. Su amado estaba herido y no podría soportar perderlo para siempre.

En un barco pesquero

El mar se encontraba furioso y agitaba el barco pesquero con rabia. Como si intentara vengarse de los pasajeros que iban en él. Ray y Carl intentaban que la vela del barco se mantuviera recta para evitar que el barco volcara, pero sus fuerzas se estaban agotando sin que pudieran hacer nada para evitarlo. El viento era cada vez más fuerte y bramaba con una mayor furia.

Ray le dijo a Carl que soltara la vela, que no les quedaban fuerzas para seguir luchando contra el viento.

-¡Y un cuerno! -contestó Carl con rabia. No estaba dispuesto a rendirse, no cuando tenían la libertad al alcance de los dedos.

La cárcel había sido un duro trago para ellos. Había sido una irónica casualidad que, después de matar juntos a una mujer, acabaran en la misma celda. Desde ese momento, fueron conscientes de que la única manera de salir de prisión era trazando un plan de escape. Carl nunca había desconfiado de Ray. Siempre le había dicho la verdad. Cada día, desde el momento en que se conocieron. Por eso, sabía que, cuando le prometió que saldrían juntos de aquel lugar, Ray haría todo lo que estaba en su mano por cumplirlo.

Unas nubes cubrieron el cielo y la lluvia comenzó a inundar el barco. Ray sentía que los ánimos lo abandonaban y la ansiedad lo inundaba. Finalmente, Carl dejó de luchar contra la vela y se sentó en el suelo. Dejó que el agua de la lluvia lo empapara y miró a los ojos a Ray. Pudo apreciar la derrota en su mirada. Quiso decirle que sentía haberle fallado, pero aún le quedaba un atisbo de esperanza.

Se agarraron a los bordes del barco y esperaron a que la tormenta pasara, pero duró tanto tiempo que acabaran cediendo al cansancio y se durmieron. Al despertarse, pudieron darse cuenta de que ya había amanecido.

-Vamos a remar -ordenó Ray.

Lo hicieron hasta que los callos de sus manos comenzaron a sangrar y el dolor les obligó a tener que descansar, Refrescaron sus palmas en el helada agua y aprovecharon para observar lo que les rodeaba.

De pronto, avistaron a lo lejos una orilla de lo que parecía ser una pequeña isla. Se olvidaron de sus doloridas manos y siguieron remando. Llegaron hasta el borde de la playa y, cuando pisaron la arena, sintieron en las plantas de los pies un dolor tan intenso como si estuvieran caminando sobre cristales rotos.

Cayeron de rodillas, inmovilizados por el dolor, cuando se mostró ante sus ojos la imagen de la mujer que había asesinado.