En la oficina

Terminé de archivar las facturas cuando oí la puerta de la entrada abrirse. Miré la hora en mi reloj de pulsera. Quedaban cinco minutos para la hora de cerrar y no me apetecía nada atender a otro cliente más. El día había sido demasiado largo y sentía la cabeza a punto de explotar.

Me giré lista con una sonrisa para atenderlo y me di de bruces con él. Me miraba con seriedad, como si no tuviera ni idea de lo que causaba en mí. Tragué saliva mientras sentía como un hormigueo recorría mis labios.

—¿Deseaba algo? —pregunté con la voz temblorosa.

—Venía a recoger unos documentos. Las escrituras del mes pasado —Ni una sonrisa mostró su rostro.

—Por supuesto.

Busqué los papeles que pedía demorándome el máximo tiempo posible. Metí los folios en una carpeta y los dejé a su alcance. Intenté conectar mi mirada con la suya, pero él se empeñaba en mantener la mirada baja. Le había visto en muchas ocasiones cuando iba a la oficina, pero no había forma de saber si estaba interesado en mí.

Ya no podía más. Necesitaba saber si le gustaba o no y mi paciencia se había acabado.

—Adiós —dijo él con intención de despedirse.

—Espera —dije apartándome de la mesa.

Rodeé la mesa y me acerqué a él. Sin dejarle tiempo para reaccionar, lo agarré de la nuca con una mano y lo besé agresivamente. Él se quedó quieto sin saber qué hacer. O eso supuse yo. Sus labios eran cálidos y duros y desprendía un olor a colonia de hombre que me encantaba. Pensé que me apartaría, que me daría un empujón y saldría corriendo pensando lo loca que estaba, pero empezó a corresponderme.

Comenzó a mover sus labios sobre los míos y guio mi lengua en un suave y adictivo viaje. Me empujó despacio hasta apoyarme contra el filo de la mesa. Bajó sus manos hasta la cintura de mi pantalón con intención de desabrochármelos, pero le detuve. Yo no quería tener relaciones en la oficina de manera que cualquiera pudiera vernos. Aparté sus manos de mi pantalón y él me miró con confusión. Yo me percaté del bulto de su entrepierna y mi corazón se aceleró.

Aunque tenía una excitación en el cuerpo que casi no podía controlar, debía pensar con la cabeza.

—Aquí no —posé la mano sobre su pecho con intención de detener cualquier movimiento.

—¿Dónde? —volvió a besarme agresivamente sin tener ninguna piedad con mi boca.

—Esta noche. Nos vemos a las diez.

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