Vecino: amante e infiel.

Marisa caminaba dejando las huellas de sus zapatos en la nieve. Se acercó a la valla que separaba su nevado jardín del de su vecino. Sus padres aún estaban dormidos y la llave para abrir la valla estaba en su habitación. Sin embargo, no podía entrar para cogerla ya que ambos tenían el sueño. Pero aquello no supuso un problema para la menuda morena ya que le llegaba a la altura del ombligo.

Pasó una pierna por encima de la valla y luego pasó la otra. Caminó hasta la casa de su vecino. Subió al porche y dio un par de golpes secos a su puerta. Nadie contestó. Nadie acudió a la puerta, pero ésta estaba entreabierta. Marisa era conocedora de que aquello estaba mal. No se tenía que entrar en casas ajenas sin que el dueño le diera permiso. Sin embargo, no era la primera vez que iba a aquella casa y no precisamente para jugar a los médicos con su maduro vecino.

Se adentró en el interior de la casa. Recorrió las habitaciones hasta llegar a la quinta del pasillo, donde había retozado otras veces con su vecino. La puerta estaba entreabierta como la principal. De su interior se oían gemidos y jadeos y, aunque sabía lo que estaba pasando exactamente dentro de aquellas cuatro paredes, abrió la puerta y miró en su interior.

Su vecino y amante estaba en la cama haciéndole a una mujer todo lo que tantas veces le había hecho a Marisa. Él estaba abajo mientras la mujer lo montaba. Él estaba mirando a Marisa y, en lugar de sentirse arrepentido y avergonzado, la observaba con una sonrisa de tal calibre que daba la sensación de que quería que su vecina lo pillara. Con un gesto de la mano le indicó que se uniera a ellos.

Por unos segundos Marisa se sintió tentada de obedecerle. Se imaginó a los tres en la cama, la lujuria se apoderó de ella por unos instantes y se hubiera unido si no hubiera sentido por su vecino nada más allá de lo carnal. Sin embargo, aquel no era el caso. Impasible, Marisa se dio la vuelta y regresó a su casa al doble de velocidad de lo que había tardado en llegar a la casa de su vecino.

Se metió en la cama repitiéndose a sí misma que aquello no iba a quedar así. Que su vecino iba a aprender una lección.

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