Con las persianas bajadas

Entro en la casa de Constantin leyendo por décima vez el mensaje que me envió un par de horas antes.

A las ocho en mi casa. Tengo una sorpresa.

Nunca me han gustado las sorpresas y menos viniendo de Constantin. Tiene un gusto pésimo para dar sorpresas. Pero me decidí a hacerle caso y allí estaba, cerrando la puerta de su casa con una mezcla de curiosidad y mosqueo en el cuerpo. Apenas conozco a este relamido francés, pero confieso que tiene algo que me vuelve loca. No sé si será su pelo rizado que siempre está intentando dominar, sus ojos grises o quizá el hecho de que me ponen muchísimo los hombres vestidos con traje. El hecho es que me atrae tanto que, en cuanto me separo de él, cuento los minutos para volver a tocarle.

Apenas hay luz en el apartamento. Es verdad que casi ha anochecido, pero me estoy poniendo nerviosa por el hecho de que la luz de las bombillas es tan tenue. Vuelvo a recibir un nuevo mensaje en el móvil.

Entra en mi habitación.

Sonrío por dos razones: la primera, es que se ha dado cuenta de que ya he llegado al apartamento y, la segunda, es que el juego ya ha comenzado. Su habitación está cerrada y eso me corta la respiración. No sé qué demonios estará haciendo dentro. Me acerco lentamente a la puerta y giro el pomo disfrutando de ese momento de incertidumbre.

Al abrir la puerta apenas entra la luz en la habitación cuando Constantin me susurra con su ronco acento francés:

-Cierra la puerta.

Le obedezco sin dudar pero sin tener ninguna prisa. Todo forma parte de su juego. Las persianas están bajadas y no entra nada de claridad en la habitación. No puedo distinguir si tengo los ojos abiertos o cerrados. Todo está igual de oscuro.

Con la yema del dedo índice comienza a recorrer mi cuello y consigue que un placentero escalofrío recorra mi cuerpo. Acerca su nariz y aspira el olor de mi cabello, el que me he lavado antes de salir de casa. De forma brusca, me gira y me coloca de espaldas a la pared. Aunque no puedo verle los ojos, sé que me está observando con deseo. Sé que está deseando poseerme…y yo también.

Me sujeta las muñecas contra la pared, a ambos lados de mi cabeza, apretándolas entre sus manos, y yo no puedo evitar jadear con excitación. La oscuridad, el silencio, mi piel en contacto con la suya. Es esa combinación la que hace que empiece a sentir una dulce humedad. Le suplico que me bese, que no aguanto más; pero él me dice que aún no es el momento, que tengo que esperar un poco más. Se agacha hasta que su vista queda a la altura de mi entrepierna. Estoy deseando que se acerque, que me baje los pantalones y limpie toda mi humedad con su lengua…pero no lo hace.

Siento que estoy desesperada, el cuerpo me duele de la tensión a la que estoy sometiendo a mis músculos para no lanzarme sobre él. Se vuelve a poner de pie, acerca su rostro al mío pero con la única parte del cuerpo que me toca es con su entrepierna. La presiona contra la mía y siento que quiero llorar de puro deseo.

-¡Dios! Constantin, por favor. No me tortures más.

-Está bien, Laura. Dime qué quieres que te haga.

Que pronuncie mi nombre con ese deseo me lleva al borde del abismo y soy totalmente cruda cuando le respondo a su petición.

-Quiero que me bajes los pantalones.

Él obedece llevándose mis bragas consigo. Como si fuera mi esclavo.

-Túmbate en el suelo. Bocarriba.

Vuelve a hacer lo que le ordeno. No doy ninguna orden más. Me siento sobre él, introduciendo su miembro en mi interior que, con el flujo de la excitación, entra fácilmente. El resto ya es historia.

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