La niñera

Laura entró en la casa con la llave que le había dado su jefe. Hacía muchos meses que confiaba en ella hasta el punto de que podía entrar en su casa cuando quisiera aunque no fuera en el horario de trabajo que habían establecido para cuidar de su hijo.

El hogar estaba completamente en silencio, ni siquiera se escuchaba al pequeño Thomas quien lloraba sin parar continuamente. Dejó su abrigo y su bolso en la mesa del salón y entró en la habitación del pequeño para ver cómo estaba. El bebé de dieciocho meses estaba dormido y abrazaba a su conejito de peluche como si le acompañara en sus sueños y le protegiera de las pesadillas que le pudieran acechar. Decidió quedarse vigilándolo un rato por si se despertaba, por lo que se sentó en una silla y se observó embelesada.

Sacó su teléfono y habló por Whatsapp con su mejor amiga sobre cómo le había ido el día, se pusieron al tanto de las últimas novedades tanto en los estudios como en el trabajo. De pronto, oyó un ruido procedente de otra habitación y supo que su jefe y padre de Thomas estaba en su despacho trabajando. Como parecía que el niño estaba muy tranquilo se fue a la cocina y limpió todos los platos que había sucios. Al volver al salón se encontró con su jefe sentado en el sofá leyendo el libro que ella se había traído en el bolso.

–  No sabía que te gustaban los libros policíacos – le preguntó sin apartar la vista del libro.

–  Ni yo que tenías por costumbre fisgonear los bolsos ajenos. – Laura se colocó delante con el brazo extendido para que le devolviera su libro.

Una vez lo tuvo de vuelta en sus manos, se giró para meter el libro en su bolso y lo cerró concienzudamente. Cuando se volvió a girar tenía a su jefe a sus espaldas, muy pegado a ella, tanto que podía sentir su aliento rozándole la mejilla. Se acercó más a ella, acarició su mejilla con las yemas de sus dedos y acercó, muy despacio, sus labios a su rostro.

–  Estamos cruzando una barrera – le advirtió Laura temblando de deseo.

–  Lo sé. Pero no es la primera vez que lo hacemos. – le dijo él antes de pegar sus labios a los de ella.

Laura no dudó en corresponder a sus salvajes besos. Agarró su rostro con ambas manos, apenas entraba el aire en sus pulmones, pero ninguno de los dos podía parar ni querían hacerlo. Por muy mal que estuviera, ambos eran dos adultos libres y no tenían que responder ante nadie. Él la apretó contra la pared haciendo que los centros de su cuerpo se tocaran como si no hubiera ropa de por medio.

Sin dejar de besarse, Laura lo empujó hasta hacer que se sentara en el sofá. Se separó de él, se desabrochó los pantalones y se lo quitó junto con la ropa interior. Colocó las rodillas a ambos lados de sus piernas mientras le desabrochaba los pantalones vaqueros y sacaba su miembro sin dejar de mirarlo a los ojos. Laura recorrió el cuello de su jefe con besos cortos y lentos.

–  No sé si me estás volviendo loco o me estás torturando – le dijo apartando el pelo de su rostro para observarla más detenidamente. Laura le dio una sonrisa maliciosa en respuesta.

Se levantó para coger un preservativo de su bolso y se lo colocó a su jefe. Éste estaba muy excitado, pero el deseo de Laura no era menor. Colocó las manos detrás de la nuca de él y le susurró al oído mientras se sentaba a horcajadas:

–  Métemela

Los ojos de su jefe relucían de deseo y tenían un brillo que podrían haberla asustado, pero sólo la hacían querer más y más. Él le hizo caso y la respiración se les cortó a ambos al mismo tiempo. Mientras Laura subía y bajaba por su miembro, dejó que su cabeza descansara en el hueco de su cuello luchando contra sus impulsos de querer gritar como si un monstruo la hubiera poseído.

En el salón se mezclaban los gemidos, los suspiros, los gruñidos, los “no pares” y las respiraciones entrecortadas. Finalmente, él llegó al clímax antes que Laura y le acarició el clítoris en círculos con el pulgar para que consiguiera llegar al orgasmo. Ella lo besó mientras el placer recorría cada centímetro de su cuerpo para evitar dar un grito que escucharía todo el edificio.

Se quedaron quietos esperando que sus respiraciones se normalizaran cuando se repente escucharon que Thomas empezaba a llorar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s