La anciana

Sonó el timbre de la puerta en el castillo. El corazón de la doncella casi le dio un vuelco. No sabía quién podría ser a esas horas, y temía que su amo se despertara y pagara con ella que no pudiera dormir. Inquieta, bajó hasta la puerta principal de la casa e intentó ver entre las ranuras quien era. Distinguió una figura pobre y envejecida. No sabía qué hacer, su corazón le decía que su deber era ayudar a los que más lo necesitaban, pero su cabeza no hacía más que repetirle que las consecuencias serían funestas.

Sin embargo, no tuvo más remedio que claudicar ante los dictados de su corazón y abrió la puerta intentando hacer el menor ruido posible.

-Buenas noches, hija – dijo una pobre anciana. Llevaba una capa oscura con capucha que le cubría la cabeza y la resguardaba de la lluvia. Parecía que llevaba toda la noche vagando por el bosque.

-Buenas noches, señora. ¿Qué ocurre? ¿Por qué está aquí a estas horas de la noche? – le preguntó la doncella tartamudeando.

-Es que…fui a buscar setas…pensé que me daría tiempo a recogerlas y volver a casa…pero se hizo de noche y…y…me perdí – la anciana rompió en sollozos incontrolados y a punto estuvo que caerse al suelo si no hubiera sido por los reflejos de la doncella al sujetarla.

-Tranquila, señora, tranquila – le dijo acariciándole la espalda.

-Sé que te pongo en un aprieto, niña. Pero, por favor, sólo te ruego un lugar en el que poder cobijarme. Te prometo que me iré en cuanto salga el sol.

-Está bien, podrá quedarse en mi habitación. Pero, procure no hacer ruido.

Subieron juntas hasta la habitación de la doncella. Le quitó la ropa mojada, buscó ropa limpia y se la dio para que se la pusiera. Una vez lo hubo hecho, la arropó en su cama y la vigiló esperando que se quedara dormida.

-¿Por qué no se duerme? ¿No está cansada? – le preguntó en susurros.

-Tengo insomnio. No es fácil que consiga dormirme.

-¿Desde cuándo lo padece?

-Oh, desde que era una niña. Suelen decir que las personas que tenemos insomnio hemos padecido una situación traumática.

-¿Y es así? Cuénteme qué le ocurrió. Puede que así le entre sueño.

-Verás. Era mi segundo cumpleaños. Puede parecer extraño pero me acuerdo perfectamente de ese día. Mi madre iba a preparar una tarta, para mi hermano gemelo y para mí, mi padre iba a llevarnos de caza como regalo de cumpleaños. Por ello, nos preparamos para irnos al bosque, mi madre nos prometió que cuando volviéramos a casa la tarta estaría lista y podríamos comérnosla. Tanto mi hermano como yo estábamos muy emocionados y no podíamos pensar en nada más allá del sabor que tendría la tarta. Nos adentramos en el bosque, mi padre vio un ciervo pero no pudo alcanzarlo con la flecha. No conseguimos ver a ningún otro animal hasta que oímos unos gruñidos que pusieron a mi padre los pelos de punta. Nos dejó solos un momento mientras intentaba averiguar quién era y antes de que nos diéramos cuenta un jabalí corría hacia mí. Mi cuerpo se bloqueó, sabía que el jabalí iba a matarme pero mi hermano se colocó delante de mía y lo impidió, haciendo que el jabalí lo atacara a él de tal manera que de él sólo quedó su cabeza.

-Dios mío

-Desde entonces no he vuelto a celebrar un cumpleaños, ni a comerme una tarta, ni he vuelto a salir de caza…

-Cómo lo superó – susurró la doncella espantada.

-Viviendo

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