De noche en la arena

Dejé que la arena mojada besara mis pies y que el agua que dejaba las olas del mar me mojara la piel. El viento no paraba de mecer mi pelo y la luna llena iluminaba mi cuerpo, pero apenas era capaz de ver algo más allá.

Empecé a recordar la última vez que estuve en aquella playa. Los besos, las caricias, los orgasmos, los gemidos…Todo parecía tan idílico, tan bonito, no quería que ese momento se acabara nunca. Pero ese momento se acabó, y llegó el test de embarazo, un test que salió positivo y empezaron los gritos y las peleas, las discusiones y la imperiosa necesidad de echarle la culpa al otro.

Llegó el momento del parto y todo fue a peor hasta que llegó un día en el que recogió sus cosas y se marchó dejándonos a nuestra hija y a mí solos.  No me sentía preparado para afrontar sólo el momento de ser padre, pero también tenía la sensación de que no tenía que sentirme preparado, simplemente tenía que hacerlo.

En ese momento, volví a la realidad. Mi hija estaba jugando en la arena haciendo un castillo con uno de sus cubos. Sin tener una madre a su lado, se había convertido en una niña bondadosa y generosa con los demás, que se preocupaba por mí antes que por sí misma. A pesar de todo, creo que la mejor decisión que tomé fue la de enamorarme en esta playa, el lugar donde empezó todo.

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