La cabaña de las hadas

Martina siguió caminando hasta que logró salir del bosque. De pronto se encontró ante su vista con una gran cabaña que parecía sacada de un cuento de princesas Disney: la puerta era de madera en forma de círculo, el techo estaba cubierto de hierba y en lo más alto se encontraba una gran chimenea.

La curiosidad pudo con ella y, como si de Hansel y Gretel se tratara, se acercó a la cabaña con silenciosa lentitud. El suelo estaba cubierto de insectos, desde abejas hasta hormigas recolectoras.

De la chimenea salía un extraño humo verde que hacía que todo lo que veía conjuntara de una manera misteriosa. Acercó el oído a la puerta para intentar saber si había alguien pero no oía absolutamente nada. Miró a través de una de las ventanas para asegurarse de que la casa estaba vacía, lo que pudo confirmar tras observar la estancia durante unos pocos segundos.

Empujó la puerta con suavidad y ésta venció a su mínima presión. Martina no sentía nada del miedo que había experimentado cuando estaba en el bosque intentando salir de los frondosos árboles que la agobiaban. El salón de la cabaña, al contrario que su exterior, parecía sacado de una película de terror antigua. El techo y el suelo estaban cubiertos de telarañas, todos los objetos se habían llenado de polvo y el olor a cerrado impregnaba cada rincón del lugar.

Martina sentía que los ácaros no la dejaban respirar. Se estaba planteando salir de allí corriendo hasta que oyó un llanto, un llanto breve y muy fuerte. Venía de una habitación contigua al salón. Se dirigió hacia la habitación y allí se encontró con un niño de unos cinco años sólo, de pie en el centro de la estancia.

– Hola, pequeño. ¿Cómo te llamas? – le preguntó Martina agachándose para estar a su altura .

– David- le respondió el niño con una mirada tímida.

– ¿Estás sólo, David?

David negó con la cabeza. Le dijo que le siguiera y fue hasta la parte de atrás de la cama. En el suelo estaba el cadáver descompuesto y putrefacto de una mujer.

– Estoy con mi madre.

A Martina empezó a costarle respirar por momentos, se estaba mareando ante la visión del cadáver. De pronto, sintió que algo le atravesaba el estómago. David le había clavado un cuchillo en el estómago y se estaba desangrando. Cayó de rodillas al suelo y en menos de dos minutos ya se había desmayado.

Cuando volvió a despertarse se encontraba atada de pies y manos junto al cadáver. Al levantar la vista observó que David tenía una sierra mecánica en la mano y se aproximaba a ella poniéndola en marcha.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s