El despertar

Abrió los ojos pesadamente. El cegador brillo del sol hacía que no parara de pestañear. Miró va su alrededor, todo estaba lleno de árboles y arbusto, con las hojas amarillas del otoño cayéndose de las copas.

Notó que había que le rozaba la mano derecha, giró la cabeza…y a su lado estaba el cadáver de un niño. Pegó un grito y se alejó todo lo posible que le permitía su cuerpo adormilado arrastrándose sobre el suelo.

Comenzó a respirar agitadamente, no paraba de intentar recordar cualquier cosa del día anterior y qué hacía en aquel bosque. Una vez que su respiración se hubo calmado un poco, decidió acercarse a mirar al niño.

Su cuello estaba lleno de moratones, de dedos marcados. Parecía que le hubieran intentado ahorcar repetidas veces sin haber tenido éxito. Sus pies estaban llenos de púas, como si hubiera pisado un erizo y nadie le hubiera curado las heridas.

Eso no le había matado, sólo le habían hecho sufrir con ello, pero le habían matado de otra forma. No había sangre a su alrededor pero, a no ser que muriera envenenado, era la única explicación a su extraña muerte.

Con sumo cuidado, le giró hasta dejar el cadáver de lado y vio cómo tenía una raja en la camiseta con una gran mancha roja y en la espalda tenía una herida que había hecho que muriera desangrado. ¿Quién sería el monstruo que le había quitado la vida a ese niño? Pensaba él. ¿Qué razón habría para hacerle este daño?

Fue corriendo hasta un lago cercano y en el mar encontró un rastrillo que usó para hacer un hueco en el lugar dónde se había despertado. Varias horas después, cogió en brazos al niño y lo metió en el hueco. Con las manos lo enterró y, al no tener flores que ponerte, le colocó las hojas otoñales que se habían caído de los árboles.

No pudo evitar que se le derramaran un par de lágrimas al levantarse e irse de allí caminando hacia la frontera del bosque. De pronto, le vino a la mente un recuerdo de la noche anterior. Había salido a dar un paseo, le habían despedido del trabajo no iba a poder pagar la hipoteca, necesitaba un poco de aire para pensar que iba a hacer.

Se adentró en el bosque que había recorrido miles de veces y cuando llevaba caminando un par de minutos se encontró con un niño rubio que lloraba mientras abrazaba a su oso de peluche. Lo siguiente que recordó fue tener un cuchillo en la mano.

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