El hermano

Me levanto de la cama para ir a la cocina a por un vaso de agua. ¡Siento que me estoy muriendo de sed! Es el fin de semana en el que me he quedado a dormir en la casa de los padres de mi mejor amiga, por lo que es muy pronto todavía para saber dónde están las estancias de la casa. Aún es de noche, miro la hora en el reloj del microondas, son las cinco de la mañana. Cojo un vaso de cristal del armario y, con total tranquilidad, lo lleno de agua del grifo. Las tripas empiezan a rugirme, siempre suele pasarme cuando me desvelo, pero decido ignorarlas y beberme el vaso de agua.

De repente, oigo los pasos de alguien que entra a la cocina. Giro la cabeza para saber quién es, y veo al hermano de mi mejor amiga acercándose a mí. Sus ojos no dejan de observarme, pero intento no mostrar que me intimida.

-Hola, Carlos – le digo en voz baja.

Él no me responde, se sigue acercando a mí y, antes de que pueda reaccionar, me besa. Al principio intento apartarme, pero a los pocos segundos me siento tan excitada que la que sigue besando soy yo. Pego mi entrepierna a la suya dejando de besarle para mirarle a los ojos con deseo mientras arqueo mi espalda para pegarme más a él. Volvemos a besarnos agarrándonos de la ropa, siento que mi clítoris está a punto de explotar y el deseo me consume más y más.

Agarro la cinturilla de su pantalón y se lo desabrocho con las manos temblorosas. Ha tenido que venir de haber salido por ahí por sus amigos, no creo que haya estado toda la noche sólo en la calle. Le bajo los calzoncillos y le detengo unos minutos para tocar y acariciar su pene tranquilamente. Parece hecho de terciopelo. Sé que está tenso y sé le está acabando la paciencia, no creo que se pueda apretar más la mandíbula de lo que ya lo está haciendo él. Me baja los pantalones y las bragas y él empieza a llevar a cabo su dulce venganza, me acaricia toda la vulva, desde la abertura de mi vagina hasta la montaña de mi clítoris, arrastrando todos mis fluidos sin tener la menor compasión con mi excitación.

– Estás muy mojada – dice junto a mi oído.

– Carlos, – le susurro jadeando – como no pares voy a correrme.

Al oír eso se echa a reír, pero teniendo el suficiente cuidado de no hacer ruido para no despertar a nadie. Aparta la ropa sobrante con el pie, y me vuelve a mirar a los ojos, en ellos se percibe peligro, pero en lugar de sentirme asustada e intimidada, sólo consigue excitarme aún más. Levanta mi pierna derecha para que la coloque alrededor de su cintura y, sin ningún preámbulo, me penetra metiéndome toda la verga en la vagina. Estoy tan mojada que no necesito que sea cuidadoso, no necesito dulzura, quiero que sea salvaje, quiero que sea todo lo visceral posible porque yo tengo el mismo deseo…y es como si me leyera la mente.

Me sigue penetrando y conforme lo hace, va aumentando la intensidad, nuestros jadeos aumentan, pero no el volumen, tenemos que tener mucho cuidado. Comienzo a tocarme el pezón del pecho, me está costando muchísimo trabajo aguantar el orgasmo y, cuando Carlos está a punto de llegar, toca suavemente mi clítoris masajeándolo en círculos para que lleguemos juntos al clímax. Y lo consigue…bueno…lo conseguimos.

Carlos cae sobre mí, jadeando por el esfuerzo. No estoy segura de si es él el que me sujeta a mí, o soy yo la que le sujeta a él, pero nos mantenemos juntos unos segundos apoyados contra la encimera de la cocina. No sé cómo, pero en cuánto conseguimos calmarnos volvemos a sentirnos muy cachondos, pero esta vez no volvemos a hacerlo en la cocina, no quiero tentar a la suerte para que nos pillen en plena faena, me moriría de vergüenza. Nos vamos a su habitación, y en su cama me coloco yo encima para empezar a cabalgar su verga.

Esto puede terminar muy mal…

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