El bufón Don Sebastián de Morra

Me quedo observando el último cuadro de la exposición de Velázquez, “El bufón Don Sebastián de Morra”. Me encanta la combinación de colores y sombras, tan del estilo de Velázquez y tan crítico como son todas sus obras no inspiradas en relatos de la realeza.

Llevo varios minutos observando la pintura y siento como cada minuto que pasa me absorbe más y más. Me alejo un poco para ver dónde está el grupo con el que he venido a la exposición, pero no hay nadie más en la sala y no se oye ni un sólo ruido por ningún lado. ¡Lo que me faltaba ya era perderme!

Intento no ponerme demasiado nerviosa, respiro hondo y camino con tranquilidad por el camino de vuelta acompañada por todos los cuadros que ya he visto. No hago más que buscar la entrada, pero no logro encontrarla, así que llego a la conclusión de que me he acabado perdiendo. Empiezo a agobiarme por momentos hasta que, de pronto, noto una presencia a mi lado.

– ¿Puedo ayudarte en algo? – le pregunta un hombre con gesto preocupado. Es un tanto extraño; su pelo es negro, rizado y le llega de forma recta a la altura de la nuca, tiene bigote y perilla, sus ojos son negros y sus cejas espesas. Su porte es de una personalidad antigua, y está vestido con ropa del siglo XVI.

En cuestión de segundos me doy cuenta de quién es y no puedo estar más alucinada.

– ¿Eres Velázquez?

– Sí, lo soy. Pero eso da igual, parece que estás un poco perdida.

– Eh, sí. No encuentro la salida. ¿Te importaría ayudarme? – le pregunto aún alucinando sin poder creerme que el mismísimo Velázquez me esté ayudando a salir del museo.

– Por supuesto. Sígueme.

Me coloco detrás de él para seguirle, acabo en una sala completamente en la que tropiezo con algo y me caigo al suelo. De pronto abro los ojos y hay un montón de gente alrededor de mí. Estoy de nuevo en la sala del cuadro del bufón, miro a todos lados sin entender lo que ha pasado.

– Tranquila, no te muevas. Has estado desmayada durante media hora y no parabas de nombrar algo de Velázquez. Pero tranquila, estás bien.

Me levanto un poco para poder incorporarme y, detrás de un muro, veo a Velázquez mirándome fijamente y yéndose silenciosamente.

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