Concurso de historias del día de muertos

Por fin hemos llegado a México después de tantas horas encerrados en ese pájaro de metal. El vuelo se me ha hecho tan largo que me parece que han pasado años desde que nos subimos al avión. Cogemos un taxi para poder ir hasta la casa que hemos alquilado. Necesitaba este par de días de vacaciones, y creo que Javier también. Estamos muy saturados de tanto trabajo, y un descanso no le viene mal a nadie.

Al llegar a la casa, le doy una propina al taxista y le doy las gracias por habernos traído. La casa parece muy acogedora y cómoda, creo que vamos a estar muy a gusto aquí. Hemos decidido quedarnos en Puerto Vallarta, ya que es una ciudad bastante transitada y no nos vamos a sentir aislados. Javier me propone ir a dar una vuelta por la ciudad y accedo, al menos así nos dará el aire fresco durante un rato.

Paseamos entre las calles y empezamos a ver gente maquillada y disfrazada. Hay personas vestidas de esqueleto, otras van maquilladas de blanco, negro y verde oscuro y otras llevan una gran máscara de una calavera muy colorida. Me quedo fascinada ante el desfile que se presenta ante mí, no sólo hay adultos en el desfile, sino también niños y parecen disfrutar muchísimo participando en este maravilloso espectáculo. Estoy adorando México y creo que lo voy a recordar con mucho cariño.

De pronto recuerdo que hoy es dos de noviembre, así que supongo que este será una especie de homenaje al día de todos los santos o algo así, sólo sé que me está encantando. Es increíble, porque en España en El Día de Todos los Santos sólo se va al cementerio a ponerles flores a los seres queridos, pero parece que aquí es como si les hicieran una fiesta.

A regañadientes, sigo a Javier para continuar paseando un poco más antes de volvernos a la casa. Él se va a dormir temprano, pero yo aún no tengo sueño, así que me quedo en el sofá leyendo un libro. Me está empezando a entrar el sueño cuando escucho un ruido, salgo fuera para saber si hay alguien pero no veo nada.

Sin embargo, empiezo a oír unos murmullos y unos suspiros. Asustada, vuelvo a meterme de nuevo en la casa y cierro con llave, pero los murmullos se oyen más fuerte dentro. Me quedo quieta intentando averiguar qué está pasando, y de pronto aparece una mujer frente a mí. Está vestida con harapos y comienza hablarme lentamente.

– Mujer, ve a por víveres y llévalos a la montaña.

Me quedo bloqueada de miedo sin saber qué hacer.

– ¿Es que no me has oído o quieres morir?

No sé qué está pasando, pero si es una broma de Javier no me hace ninguna gracia.

– Muy bien, tú lo has querido.

En unos segundos desaparece y yo me quedo clavada en el sitio sin entender nada. Tengo el corazón a mil por hora, y de pronto siento una gran opresión en el pecho. Me voy a la cama esperando a que una vez que me relaje se me pase este dolor, pero cuando me tumbo es aún más intenso, tanto que apenas  puedo respirar. Finalmente me quedo dormida, pero cuando al día siguiente amanece, ya no vuelvo a despertar.

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