¿Qué le pasó a tu hermana?

Abrió la puerta con una sonrisa cubriéndole el rostro, pero desapareció tras enseñarle una carta que sostenía en mi mano. Intentó arrebatármela, sin embargo, yo fui más rápida apartándome.

-¿No tienes nada que explicarme? – dije cruzándome de brazos.

-Pasa.

Entré dando furiosas pisadas. En el sobre había una sola hoja en blanco en la que ponía un nombre escrito a mano: “Elena Ramírez Zamarreño”. No me costó mucho atar cabos para saber que era su hermana, pero nunca le hablaba de ella, como si quisiera ocultar algo.

-¿Qué le ocurrió?

-¿Cómo?

-¿Qué le ocurrió a tu hermana?

-¿Para que quieres saberlo? – dijo mientras se servía algo que parecía whisky.

-Deja de intentar irte por las ramas, dime de una vez qué es lo que le pasó.

-Está bien, siéntate – dijo con un leve suspiro – Todo empezó el día que mi hermana encendió una cerilla, había comprado unas velas aromáticas y quería probarlas. No me interesó demasiado hasta que me dijo que las había comprado en una tienda de zapatos y que se las recomendó una amiga camarera que se había encontrado en la biblioteca. Nada de lo qu eme decía tenía sentido, así que un día la seguí hasta un hostal. No me pareció nada raro, ya que últimamente decía que estaba buscando trabajo. Sin embargo, lo más curioso era que no fue a la recepción ni a ninguna de las habitaciones, sino que se dirigió a un sótano. Entré tras ella en él y me quedé pegado a la pared. Ella caminaba como si estuviera en una especie de trance, pero yo no podía hacer nada, era como si mi cuerpo se hubiera paralizado. Mi hermana siguió caminando hasta un pozo dónde había una chica rubia que estaba sonriendo. Me dijo algo al oído y segundos después se tiró al fondo del pozo.

Evité hacer ruido, pero no que las lágrimas empezaran a correr por mi rostro por la hermana que había perdido en cuestión de segundos y lo peor es que no había hecho nada para intentar evitarlo. Me había quedado pegado a la pared, en silencio, sin hacer nada, como un vulgar bicho. Por eso, nunca hablo contigo de ella, me avergüenza lo que hice, o más bien lo que no pude hacer.

-Lo siento, siento haberte presionado.

-Es normal, querías saberlo, lo entiendo.

Le abracé rodeando su cintura con mis brazos. Le creía, pero había algo que no encajaba. La historia era demasiado fantástica. Sin embargo, cerré los ojos y le seguí abrazando.

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