El calcetín rojo

Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. No lo encontró por la habitación, tampoco estaba en el cubo de la basura. Sentía que como no lo encontrara le iba a dar un infarto. En ese calcetín había escondido sus ahorros, pero se le había olvidado cuál fue el último sitio dónde lo escondió. Puede que lo hubiera cogido él y no se lo pensara dar, pero lo que estaba claro es que sin ese calcetín no podía escapar. Intentó volver a dejar la casa en orden para que cuando volviera no sospechara de nada. Se puso a planchar para controlar los nervios y tras pasar un rato entró en la casa.

Estuvieron sin hablar un rato, algo que pasaba con bastante frecuencia siempre que no estaba borracho. Decidió que lo mejor sería esperar hasta la noche para ir a pedir ayuda a Rafael. Intentó comportarse con toda la normalidad aunque por dentro estaba temblando. Hizo la cena, pero en la bebida puso un medicamento para estar segura de que iba a estar dormido. A las dos horas ya estaba totalmente dormido, así que se vistió, cogió su documentación y salió de casa. Cogió el autobús, se bajó en su calle y caminó hasta el edificio en el que vivía.

Llamó al timbre con el corazón en un puño y cuando Rafael abrió la puerta se lanzó a sus brazos. Con ternura en los ojos ambos, cogidos de la mano,  se dirigieron hacia el sofá y se sentaron.

– Tengo que pedirte un favor muy grande – le pidió con miedo en la mirada.

– Claro, lo que necesites – le dijo acariciándole el brazo.

– Necesito que me dejes dinero para irme del país.

– ¿Qué ha pasado con tus ahorros?

– No sé dónde están, el calcetín ha desaparecido

– ¿En serio? ¿A quién quieres engañar?

– Rafael, no pienso quedarme ni un segundo más en esa casa, así que ¿me vas a prestar el dinero o no?

– Por supuesto, pero no pienso dejar que te vayas sola.

– De eso nada. Esto es cosa mía, es mi problema y debo resolverlo yo. Si no hubiera sido absolutamente necesario, no te habría pedido dinero.

– Está bien, pero en cuanto tengas un móvil quiero que me llames para saber que estás bien.

Con una sonrisa le besó con suavidad en los labios e hicieron el amor en el sofá en su última noche juntos. Por la mañana sacó los billetes y se fue en un avión con dirección a Ginebra, donde empezó una nueva vida libre de engaños.

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