Cambio de dirección: primer fragmento

– Lo siento, pero tenemos que bajarte el sueldo. La empresa no está en un buen momento y algunos clientes han tenido quejas – dice el duende calvo que parece un tomate sudoroso.

– Pues no sé de qué se han podido quejar esta vez, parecen un puñado de niños malcriados que nunca están contentos por nada – digo cruzándome de brazos, aunque al instante los descruzo al ver cómo me mira los pechos el duende calvo.

– Pues no es la primera vez que nos llegan noticias de que les hablas a los clientes de malas maneras, dices tacos a gritos en algunas ocasiones y puedes resultar un poco borde y antipática – dice mi duende-jefe pareciendo un poco intimidado por mi actitud.

– No sabía que el deber de una mujer era ser simpática y hacer todo lo que los demás me pidieran con una sonrisa me gustara o no – digo apoyando los brazos en el borde de la mesa y mirándole directamente a los ojos, a lo que reacciona echando la cabeza hacia atrás.

– No sé si es el de una mujer pero sí lo es el de una camarera – responde a mi pregunta sin plantear con voz temblorosa.

Separo mis manos de la mesa y me incorporo lentamente con una cara que parece que puede asesinar con la mirada:

– ¿Algo más, señor Calatrava? – pregunto pronunciando su nombre con ironía deseando irme de ese apestoso despacho.

– Nada más, Andra – dice evitándome con la mirada.

Salí del despacho echando humo por las orejas. Cogí mis cosas con furia y me quedé en el parking a esperar a que Alba terminara su turno mientras me leía El retrato de Dorian Gray. Cuando se reunió conmigo ya estaba algo más tranquila, algo que solo conseguía la lectura.

– ¿Para qué quería hablar el jefe contigo? – preguntó sentándose sobre el capó.

– Me ha vuelto a bajar el sueldo – dije cerrando el libro de golpe

– ¿Y por qué ha sido esta vez, según ese energúmeno?

– Bueno según él, la empresa está en crisis, y según esos sebosos que llamamos clientes, soy una maleducada, una borde y una antipática.

– Créeme no eres la única. ¿Acaso no has visto cómo trata Martina a la gente? No sé cómo no la han echado a ella.

– Por una sencilla razón, mi querida e inocente Alba, ella accedió a acostarse con el jefe a cambio de que le garantizara un puesto fijo. En cambio yo no me acostaría con esa babosa ni por un millón de euros.

– ¿También te lo ofreció a ti? – preguntó Alba con incredulidad

– Al mes de llegar. – dije con la mirada perdida. Exhalé un largo y profundo suspiro – Alba, no sabes las ganas que tengo de dejar este trabajo pero no veo la manera, apenas tengo para llegar a fin de mes y después de esta rebaja de sueldo no quiero ni pensarlo – dije bajándome del capó del coche y subiéndome en el coche. A lo que Alba hizo lo mismo.

– ¿No te ha llamado nadie del anuncio que pusiste la semana pasada? – preguntó Alba al tiempo que arrancaba el coche.

– No, todavía no, y cuánto más tiempo tardan en llamarme más nerviosa me pongo. Me da muchísimo miedo que venga algún loco a mi casa y entonces seguro que no tendré que venir más a trabajar. Aunque eso tendría algo bueno…sí creo que debería venir algún loco a mi casa. – dije poniendo cara de pensativa, a lo que Alba me dio un suave puñetazo en la mejilla y ambas nos echamos a reír.

Hace algunas semanas salí bastante mosqueada del trabajo, los clientes eran cada vez peores y parecía que me hacían la vida imposible a posta. Yo estudié para ser profesora de infantil y hace años que no lo ejerzo debido a la puñetera crisis, por eso tuve que coger un trabajo de camarera si quería sobrevivir y eso es todo lo que he hecho: sobrevivir. Hace algún tiempo me propuse que ahorraría para poder viajar a Noruega, donde el oficio de maestra lleva tiempo en alza, pero desde que rechacé la propuesta de mi jefe para que me acostara con él cada vez me ha bajado más el sueldo. Puede que le intimide un poco pero no lo bastante como para que me suba el sueldo. ¡Más quisiera yo! Entonces a Alba se le ocurrió que, para poder ahorrar un poco, podría compartir piso con alguien. Al principio me pareció una idea descabellada, pero a medida que pasaban las horas y veía el color rojo de mi cuenta bancaria, la idea de compartir piso me dejó de parecer tan descabellada. Y ahí estaba yo, pendiente de cada sonido que emitía el móvil, rezando para que fuera una llamada por el anuncio.

Mientras reflexionaba sobre todo esto, Alba yo llegamos al centro de Jaén. Después de terminar nuestro turno en el restaurante, nos íbamos al centro dábamos una vuelta por las tiendas de ropa, pero solo por los escaparates, nunca me gustaba nada de las tiendas de ropas convencionales, demasiado “normales”. Nos fuimos a nuestra cafetería de siempre y mientras ella se comía un croasán relleno de chocolate con un cappuccino, yo me comí un dulce de tarta de manzana y un sándwich mixto con un zumo de piña. Formábamos un dúo un poco raro que todo el mundo se detenía a observar: ambas teníamos una complexión parecida, ella de 67 kilos y yo de 65 kilos, nada fuera de lo normal pero aquí llegaba lo raro, ella vestía una blusa celeste sin mangas y escote en pico con unos pantalones blancos y unas sandalias negras con el pelo castaño, sin embargo yo llevaba una camisa con escote en barco, unos shorts y unas deportivas negras con mi pelo teñido de rojo.

De repente, se hizo el milagro, el móvil sonó. Rápidamente, descolgué el teléfono intentando ser todo lo positiva posible, aunque no era mucho.

– ¿Diga?

– Buenos días, ¿es usted Andra? – preguntó una voz tímida.

– Sí, soy yo – pregunté con el corazón encogido ante la posibilidad de que por fin se hubiera acabado la espera.

– Llamaba por el anuncio para compartir un piso

– Ah, sí. ¿Quiere ver el piso o algo?

– No, solo necesito que me diga la dirección para poder instalarme cuanto antes.

– Pero antes necesito hacerle una entrevista. ¿Cuándo podemos vernos?

– Esta tarde mismo.

– Muy bien, podríamos vernos en la Cafetería Avenida, en la avenida de Madrid. ¿A las 6 le viene bien?

– Perfecto, a las 6 nos vemos.

No podía creerlo. ¡Por fin había llamado alguien! Solo quedaba rezar para que no fuera ningún psicópata, ni un descerebrado que me destrozara la casa. Crucé los dedos mentalmente hablando.

– ¿Quién era?

– Una chica llamaba por el anuncio de compartir el piso.

– ¡Vaya, así que una chica! – dijo Alba levantando las cejas desmesuradamente.

– No insinúes nada que no es. En el caso de que pase la entrevista, seremos solo eso: compañeras de piso, nada más.

– Primero, ni que le fueras a hacer un examen de selectividad, y segundo, no pasaría nada por ser algo más. Desde que Belisa te dejó, hace año y medio por cierto, no has vuelto a tener pareja. – me increpó señalándome con el dedo

– Estoy muy bien sola, no tengo que rendirle cuentas a nadie – dije encogiéndome de hombros.

– ¿Y no echas nada de menos de la vida en pareja? Sé que lo que necesitas es tranquilidad pero también necesitas a alguien que te quiera y se preocupe por ti – me dijo suavemente

– Para eso ya te tengo a ti – contesté deseando terminar con esta conversación

– ¡Pero yo no pienso acostarme contigo! – gritó perdiendo la paciencia

Nos quedamos calladas, mirándonos fijamente unos diez segundos, y de repente nos echamos a reír, reímos hasta que nos lloran los ojos y nos duele el estómago de la risa. No volvió a salir el tema, seguimos disfrutando de nuestros dulces hasta que dieron las seis y me reuní con mi compañera de piso.

 

Bueno, lo más difícil ya está hecho. Si me he atrevido a llamar a la muchacha del anuncio, entonces creo que podré con la entrevista. Aunque lo veo un poco estúpido. ¿Qué se cree? ¿Qué soy una asesina en serie que le gusta aprovecharse de niñitas indefensas? Echo la cabeza hacia atrás desesperada. Me habría gustado mudarme ya directamente sin tener que esperar a que una pardilla me deje entrar en su casa. Cuanto más tiempo me quede en casa en Enzo, más tiempo tendrá para convencerme de que me quede con él, y antes sucumbiré.

Enzo y yo llevamos siendo pareja desde hace 2 años y medio, pero no quiero tener que irme a vivir con él, más por miedo a que la convivencia mate la relación que tenemos que por otra cosa, por eso me resisto a decirle que sí. Tenemos una relación muy tranquila, es verdad que discutimos, pero por tonterías, nimiedades. Sin embargo, es tan comprensivo, piensa tanto las cosas que a veces no noto que reaccione. Es muy inteligente eso sí, creo que por eso medita mucho las decisiones antes de tomarlas, algo que me resulta muy sexy. Y aunque me queje un poco de él, no le cambiaría por nada del mundo, es lo mejor que tengo.

Volviendo a lo de compartir piso; tengo 30 años, llevo algunos años trabajando de secretaria en una editorial, pero nunca me he ido de casa de mis padres y tenía ganas de tener un poco de libertad, hasta que vi lo que costaba un alquiler, entonces mi madre me dio la idea de compartir piso con alguien y vi el anuncio de la tal Andra. En él ponía que solo tendría que pagar 300 € por vivir con ella: el precio perfecto, no tendría que sacrificar demasiado de mi mísero sueldo. La ropa de Gucci no se paga sola, aunque a veces no puedo permitírmela demasiado a menudo.

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