La venganza del taxista

El taxista se levantó como cualquier otra mañana, fue al baño, se duchó, desayunó y le dio un beso a su gata antes de salir a toda prisa. El día fue transcurriendo con normalidad, muchos clientes a los que llevar, algunos más simpáticos y otros menos, pero no era algo a lo que no estaba acostumbrado. Justo cuando había terminado su jornada, un hombre le pidió llevarlo al hospital ya que su padre estaba allí muy grave. El taxista se compadeció y decidió llevarlo, pero a los pocos minutos de subirse al coche el hombre le colocó una pistola en la cabeza.

– ¡Para el coche y dame todo el dinero que tengas!

El taxista, paralizado y con la manos temblorosas, intentó darle el dinero, pero apenas atinaba de lo nervioso que estaba.

– ¡Rápido, o te juro que te mato! – le gritó el hombre muy furioso.

Cuando le dio el dinero le disparó en el hombro y se fue. Malherido, llamó a una ambulancia como pudo pero se desmayó instantes después.

Al despertar se encontró en una camilla del hospital. Allí había una enfermera que se dispuso a mirar tubos y los papeles que llevaba en la mano en lugar de responder a las preguntas que el taxista le hacía. La enfermera se fue y empezó a observar qué era lo que le había pasado. Podía mover el brazo izquierdo pero el derecho ni siquiera lo sentía, aunque el resto de su cuerpo parecía intacto. Momentos después, entró el médico en la habitación:

– ¿Cómo se encuentra, señor Martínez? – le preguntó el médico mirando unas hojas.

– Bien, excepto por el brazo derecho, no lo siento en absoluto.

– Nadie se lo ha dicho – dijo el médico con angustia en la mirada.

– ¿Decirme qué? – preguntó con el corazón a mil por hora y sin poder respirar

– Ha perdido por completo la movilidad del brazo, al dispararle ese hombre le dio en el tendón y se lo rompió no pudimos hacer nada para salvarlo, aunque podría haber sido peor.

 

Después de esto, el taxista no volvió a ser el mismo. Perdió su trabajo, ya que no podía conducir con un solo brazo, no le daban desempleo, ni ayuda por discapacidad. Empezó a tener depresión, el dinero que le quedaba ahorrado, tras haber pagado las facturas del hospital, lo gastó en emborracharse cada noche hasta que no le quedó nada. El banco le echó de su casa y se marchó con su gata a vivir en la calle, refugiado como podía bajo los cartones. Lo único que le quedaba era su dulce gata, hasta que una noche en la que hizo una gran ola de frío, la gata no pudo aguantar y murió.

Un día, estando bajo su nuevo cartón, oyó una voz que nunca había olvidado: la del hombre que le disparó. Estaba delante de él, trajeado y hablando por teléfono. Se levantó como pudo y lo siguió hasta una calle en la que apenas pasaba gente.

– ¡Oiga, se le ha caído algo!

Al darse la vuelta, el taxista sacó una piedra, se a lanzó a la cabeza. Lo arrastró hasta una esquina, le quitó el traje y se lo puso. Cogió todas sus cosas, su cartera, su móvil y se fue en dirección a su casa. Hizo todo lo posible por parecerse a él físicamente, miró su agenda y fue a sus reuniones. Allí destrozó todos sus contratos e hizo que quebrara su empresa. Él tampoco tenía nada ya. Le robó el dinero que tenía en su casa y su venganza ya estaba cumplida.

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