Una amistad dragonil

Era un día lluvioso con rayos que se acumulaban en el bosque, y mientras se formaban charcos en el jardín, el hombre de hojalata miraba desde su ventana. Sus ojos acuosos reflejaban una tristeza que no había nada que pudiera aliviarlo. Apenas podía salir de casa, si hacia un día demasiado soleado su cuerpo se resentía durante días y si había tormenta como pasaba en este momento, su cuerpo se oxidaba y no podía moverse. Intentó esperar junto a la puerta con la esperanza de que la lluvia amainara pero como no parecía que fuera a parar, así que se sentó y empezó a leer un aburrido libro.
De pronto, oyó como algo se estampaba contra la cocina. Fue hacía allí, y al entrar vio como un pequeño dragón salía de su horno. Sus alas eran diminutas, sus escamas estaban alternadas entre azules y morados, y su pequeño hocico estaba manchado de carbón. En cuanto vio al hombre de hojalata, se lanzó hacia él y empezó a lamerle la cara. Fue entonces cuando observó que su columna vertebral estaba cubierta de escamas en forma de corazón.
El dragón se dirigió hacia el exterior y al ir a por él, el hombre de hojalata vio que la lluvia había amainado por completo. Pero en el momento en que pisó el suelo de su hermoso jardín vio como un enorme ogro de un verde mohoso entró en su propiedad. El hombre de hojalata se lo quedó mirando embobado, mientras el pequeño dragón gruñía desde el interior de la casa. El ogro alargó la mano y se dispuso a coger al hombre de hojalata para llevárselo a la boca, pero antes de que pudiera ponerle la mano encima el pequeño dragón se colocó delante del hombre de hojalata y le escupió al ogro una pequeña bola de fuego, con lo que el ogro empezó a reírse a carcajadas pero cuando volvió a intentar agarrar al hombre el dragón escupió esta vez una gran bola de fuego, tan grande como lo era el ogro. Este empezó a arder en llamas hasta que se convirtió en unas extrañas cenizas verdosas.
El dragón se posó suavemente entre los brazos del hombre de hojalata y le miró con sus tiernos ojos azulados. Con un suspiro cariñoso el hombre de hojalata volvió a entrar en casa para disfrutar de la compañía de su nuevo amigo.

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