Un amor robótico

Era más que un simple robot. No estaba hecho de metal, sino de aluminio pero lo más increíble es que ni siquiera parecía un robot, todo su cuerpo estaba cubierto de una pintura que le hacía parecer tan humano que no lo podrías diferenciar de un ser humano real aunque lo intentaras. Un chatarrero lo creó para venderlo y poder comer algo que no fuera pan duro con leche, una vez lo hizo este robot sirvió como mayordomo en una gran y rica casa, pero la hija de la familia le enseñó que debía escapar, que era una pena que estuviera allí encerrado pudiendo conocer el verdadero mundo y así lo hizo. Empezó a viajar por todo el mundo hasta que llegó allí, a México, la ciudad más tranquila y alejada que había encontrado.

Llegó hasta un gran parque, lleno de verdes arbustos y árboles, bancos rojos moteados de pintura verde como si un gran gigante hubiera derramado lágrimas verdes sobre ellos. El robot se sentó en uno de ellos a observar todo lo que se encontraba a su alrededor, desde las hojas amarillentas caídas de los árboles hasta los niños montados en los columpios riendo con los padres y hermanos. Fue entonces cuando la vio. Una muchacha gordita vestida con unos vaqueros y una camiseta blanca de manga corta que estaba comiendo unas patatas fritas mientras paseaba y escuchaba música. No lo pensó, directamente se acercó a ella, necesitaba conocerla, saber cómo era.

– Ho..hola. Se te ha caído algo al suelo – dijo el robot cojiendo una patata del suelo.

– ¡Oh! Gracias – dijo la chica sonriendo educadamente, cogió la patata y la tiró a la basura

– ¿Cómo te llamas?

– Daniela, ¿y tú? – respondió con amabilidad.

– Mmm, César – dijo inventándose un nombre rápidamente, nunca le habían dado un nombre.

Comenzaron a hablar del tiempo y terminaron hablando de tecnología, algo de lo que César podía hablar con seguridad. Empezaron a quedar varias veces a la semana, llegó la primera cita, el primer beso, pero nunca llegó la primera noche juntos, aunque llevaban saliendo varios meses juntos. A pesar de esto, su amor no se resintió, más bien se fortaleció hasta que llegó el día en el que no pudo ocultarle más la verdad.

– Tienes que decirme qué es lo que me ocultas, ya he esperado bastante – le increpó Daniela harta de sus desplantes y sus rareza.

– Si te lo digo, ¿me prometes seguir a mi lado?

– Por suspuesto.

Sacó una lata del bolsillo y se la roció por todo el cuerpo. En ese momento ya no se veía a un humano sino a una máquina con la silueta de una persona. César la miró con el terror dibujado en los ojos. Sin embargo, Daniela se acercó a él, le acarició la mejilla y le abrazó por la cintura mientras apoyaba la cara contra su mejilla y le susurraba un “te quiero”.

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