Lo necesitaba

Entré en el bar. Era más de medianoche, necesitaba una copa…puede que quizás más de una. Me acerqué a la barra y pedí whisky. Dudé si pedirle la botella, pero me lo pensé mejor y solo pedí un vaso que me llevé a una mesa que estaba vacía. Empecé a beberme el vaso cuando, al levantar la mirada, vi que unos grandes ojos verdes me observaban desde la barra con detenimiento, sin parar de devorarme con la mirada. Me bebí el resto que quedaba en el vaso de un tirón y me acerqué a la barra para pedir otra, justo al lado de esos ojos verdes que me seguían observando.

– Otra de whisky – le indiqué al camarero tranquilamente sentándome en un taburete de madera.

– Invito yo – dijo el individuo de ojos verdes lentamente mientras extendía un billete de cinco euros.

En ese momento era yo la que lo miraba fijamente intentando averiguar sus intenciones. Mis curiosos ojos azules observaban todo su físico, desde su pelo castaño hasta las deportivas que cubrían sus pies: el musculoso cuerpo oculto tras una camiseta azul y unos pantalones cortos azul marino. Sus enormes ojos verdes desnudaban con la mirada mi relleno cuerpo cubierto por un vestido veraniego rojo pasión sin mangas. Todo esto pasó durante el lapso de tiempo en el que me llevé el vaso a los labios. Nos presentamos y ambos coincidimos que solo buscabamos sexo. Un momento para evadirnos. Olvidarnos de nuestros problemas durante unas horas. No sé de qué tenía que olvidarse él, pero yo no podía soportar que mi novia que hubiera dejado por otra, no podía soportar que me hubiera engañado con otra, necesitaba hacerle daño y la mejor manera era haciendo algo que no haría nunca ni un millón de años: con un hombre y desconocido. Le pedí que fueramos a un sitio en el que tuvieramos intimidad. Salimos del bar y fuimos hasta otro que parecía cerrado. Sacó una llave y entramos dentro. Parecía limpio, las sillas estaban al revés sobre las mesas y junto a la puerta vi un cartel que decía que el personal descansaba ese día.

Me guió hasta la barra, me levantó y me colocó sobre la barra. Abrazándome la cintura empezó a besarme suavemente mientras yo le agarraba por la nuca. Ambos empezamos a quitarnos la ropa con ansiedad, como si nos quemara llevarla puesta. Él subió a la barra con la intención de colocarse sobre mi, pero no estaba dispuesta a volver a someterme, así que, con rapidez, me coloqué encima. Empecé a cabalgar sobre él, hasta que exhausta me derrumbé sobre su cuerpo y me quedé dormida.

Y eso es todo lo que recuerdo del padre de mi hija, la mejor noche de mi vida.

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