Un cabreo monumental

Zanahorias…listo. Cebollas…listo. Una paciencia inigualable…listo.

Todos los días lo mismo. Levantarse a las 7 de la mañana para prepararle el desayuno a un cantante de tres al cuarto, que las revistas han decidido que es lo más de lo más, pero es realidad no sabe hacer la “o” con un canuto. Cada vez estoy más harta ya no sabe que pedir para poner a prueba mi paciencia.

– ¡Laura!¡Laura! ¿Dónde estás? – dice el cantante malcriado. Pongo los ojos en blanco armandome de serenidad. Ya empezamos otra vez.

Me giro colocando en mi rostro la mejor de mis falsas sonrisas:

– Dígame, señor. ¿Qué desea?

– Necesito que me prepares el desayuno.

– Ya lo he hecho, señor – le digo enseñándole el plato de huevos revueltos con jamón.

– No, por Dios, Laura. Ayer te dije que quería algo diferente para desayunar. Te pedí que me hicieras un simple cuenco de frutas. No creo que sea tan complicado. – dice con un gesto de incredulidad.

– ¿Así? Pues a partir de ahora vas a hacerte el desayuno, la comida, la merienda y la cena tú solito. ¿Lo has entendido? No creo que sea tan complicado – digo imitando su tono

– ¿Vas a dimitir? ¿En serio? ¿Sabes la de gente que se mataría por trabajar dónde lo haces tú? Es más, apenas trabajas.

Ni siquiera me molesto en contestarle, tiro mi uniforme al suelo, pero antes de salir tiro toda la vajilla al suelo y destrozo todo lo que veo a mi paso y al cerrar la puerta pego tal portazo que cruje la madera.

Todo se ha acabado.

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