La musa

Observo desde la ventana como el agua de la lluvia baña los árboles tristes y la hierba pálida. En la habitación estamos las otras 6 mujeres del príncipe indio. Mañana será coronado rey y elegirá a otra mujer más para casarse, ya que es su cumpleaños. Todas estamos casadas con el príncipe, pero todas tienen hijos suyos menos yo. Temo que en cualquier momento decida prescindir de mi y echarme o matarme como a un perro viejo. En la puerta aparece una mujer que me dice que el príncipe me reclama. Con un suspiro, la sigo hasta la habitación del príncipe. Llamo y cuando oigo la voz dándome su permiso, entro. Está de espaldas mirando por la ventana. Vestido con un traje dorado, su rizado pelo negro está cubierto por un turbante rojo y al girarse para mirarme, sus ojos verdes me miran con pasión. Lentamente, se acerca a mi; me quedo paralizada, como me ocurre siempre, sus manos acarician mi cara y mis hombros. Me ordena que me quite la ropa a lo que obedezco. Me sigue acariciando. Me dice que lo desvista, me empieza a besar y me guía hacia la cama. Pero antes de que ocurra nada le hago una pregunta: “si no te doy un hijo ¿me echarás?”. Colocándose sobre mí me susurra: “Yo solo beso a mi musa. Nunca despreciaría a la única musa que he querido en mi vida. Con hijo o sin él, te quiero”.

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