Bienvenid@s lector@s

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Hola, me llamo Alejandra y quiero ser escritora. Soy bibliófila. Adoro los libros, las historias, la música, el invierno y la fotografía. Espero que disfrutéis de este espacio tanto como yo. Bss

Propósitos de año nuevo

Ya ha empezado año nuevo, y es increíble la cantidad de dinero que me he gastado estas navidades. Para mí, la época navideña acaba con las campanadas del 31 de diciembre y, aunque parezca algo extremista, me siento cómoda celebrando la navidad de esta forma. Nunca he hecho propósitos de año nuevo porque me parece que es una pérdida de tiempo, algo que es muy poco probable que pueda cumplir. Sin embargo, este año es diferente, me siento mucho más inspirada y con ganas de hacer algo diferente.

Así que he hecho una lista de propósitos que he decidido que quiero poner en práctica: quiero hacer yoga todos los días porque creo que va a ser una buena forma de empezar a cuidarme a mí misma, quiero ir a tomar el sol por la mañana ya que nunca le doy ninguna importancia al sol y creo que debería empezar a dársela, quiero sacarme el carnet de conducir, pero por que me lo digan los demás, sino porque me apetece aprender a conducir, y, por último, quiero visitar más a mi familia, nunca la veo lo suficiente y tengo que apreciarla más porque no todo el mundo tiene la suerte de tenerla cerca.

Estoy segura de que abandonaré mis propósitos en la segunda semana del año, pero quiero intentar cambiar un poco mi estilo de vida, necesito que haya un cambio en mi actitud ante la vida y puede que esta sea la única forma de conseguirlo.

Adiós 2018

Ya se han acabado las navidades, ya se han terminado los villancicos, las comidas junto a las personas que más quieres, los gorros de papá noel, las iluminadas y coloridas decoraciones de las calles. Todo se ha acabado ya, tenemos que incorporarnos a la rutina de todos los días y pronto el calor volverá a invadirnos.

El principio de año siempre me da mucha nostalgia porque, aunque empezamos un nuevo año, también dejamos todos los momentos vividos atrás, tanto los buenos como los malos y eso siempre me hace sentir una gran morriña.

Ya no volverán aquellas personas que se han ido, ya no volveremos a vivir las mismas experiencias y no sabemos si sabremos sobrellevar lo que nos espera. Para mí, ha sido un año imposible de describir, lleno de cosas buenas, pero también de cosas malas, de incertidumbres y de incógnitas, de tristezas y de ilusiones. Este año se ha llevado días de mucho dolor, de sufrimiento, pero también una de las mejores cosas que me han pasado en mi corta vida, conocer a una gran escritora que admiro tanto por su trabajo como por su forma de ser y afrontar la vida.

He estado intentando mantener el blog al día, creo que lo he conseguido, además nuestra pequeña familia de lectores va creciendo cada día más y me enorgullece que haya tantas personas a las que les guste mi escritura.

Para terminar, espero que vuestro año haya sido genial y os deseo un gran año nuevo. Decidme, ¿cómo ha sido vuestro 2018?

El acantilado

Al mirar por encima del acantilado los recuerdos afloran a mi mente como si de una película en blanco y negro se tratase. Las lágrimas brotan de mis ojos, no puedo evitar emocionarme con todo lo que he vivido. La muerte de mi madre, esa mujer tan dulce y llena de coraje y fuerza ya no está está, el nacimiento de mi hija, esa niña tan hermosa de pelo negro y piel morena que se rió con venir a este mundo.

Pero aún teniendo a mi hija a mi lado, siento que no puedo más, que no me quedan fuerzas para continuar. No tengo motivos ni fuerzas para levantarme de la cama cada día, siento que mi lugar ya no está aquí, sino en otro sitio al que no he ido nunca.

Necesito que el dolor deje de instaurarse en mi pecho y la única forma de hacer que salga es dejándome caer al vacío.

Mis pies van avanzando como si tuvieran vida propia, el aire helado me golpea la cara. Por un segundo, mi mente empieza a imaginar como sería mi vida si siguiera viviendo, junto a mi novio y a mi hija. Mi niña. Mi pequeña se sentirá muy triste cuando se entere de que su madre no volverá a darle un beso de buenas noches, ni le volverá a leer su libro de cuentos.

Y mi novio. El padre de mi niña. Si me lanzo le haré tanto daño, le haré sufrir tanto…Yo le quiero, estoy enamorada de él, tanto que creo que no le merezco.

De pronto, mis pies empiezan a retroceder sin yo notarlo. No puedo hacerlo, no puedo hacerle daño a mi hija, no puedo destrozarle el corazón a mi pareja. Me dolería tanto verles pasarlo mal como me duele ahora el pecho.

Me alejo corriendo del acantilado y me dirijo al coche. Una vez dentro, respiro aliviada y arranco el coche para irme a mi casa. Con mi familia. Por la que daría la vida por ella.

Una nochebuena inesperada

Abraham estaba en la cocina terminando de preparar la cena de Nochebuena. Era su noche favorita ya que era el día que más tiempo pasaban juntos su hija Sophia y él. Era la única noche de las fiestas navideñas que pasaban solos y ellos aprovechaban para disfrutarla al máximo.
Mientras Sophia terminaba de preparar la ensalada, Abraham empezó a poner la mesa. El trabajar de camarero le había dado la mala costumbre de organizar la mesa como lo hacía en su trabajo, lo que a veces le hacía ganarse una reprimenda por parte de su hija. Sin embargo, un día era un día y no podía haber nada mejor que cenar con clase.
Tras sentarse a la mesa, empezaron a hablar de cómo le había ido durante el día, se rieron sobre las cosas que les habían pasado en la última semana y no podían evitar recordar en silencio a la persona que se marchó diez años antes. Terminaron el primer plato cuando llamaron a la puerta de forma insistente.

– Papá, ve tú. Yo me llevaré esto a la cocina.

Abraham se dirigió a la entrada de la casa con un mal presentimiento. Su intuición nunca le fallaba pero en ese momento lo que se le pasaba por la cabeza no era nada bueno. Así que cuando abrió la puerta su intuición no podía tener más razón.- Hola – dijo una mujer mirándole con timidez.Abraham se quedó bloqueado sin saber qué decir. Ante sí tenía a su mujer y madre de Sophia, Olivia, la persona que no sólo le había hecho daño a él sino que había roto el corazón de su hija.

– ¿Qué haces aquí? – le preguntó Abraham con dolor en la mirada.

– Vaya recibimiento.

– Te he hecho una pregunta – le repitió con dureza.

– Quiero volver a la vida de mi hija.

– ¿Crees que acaso tienes derecho a volver a ella? Han pasado diez años y llevas una década sin querer saber nada de tu hija. ¿Piensas que va a querer verte?

– Eso sólo puede decirlo ella.
A regañadientes la dejó entrar. Le indicó que Sophia estaba en el salón, Abraham decidió que Olivia entrara sola en el salón y se enfrentara con sus propios ojos al daño que le había hecho a Sophia con su marcha.

– Hola, Sophia.

– ¿Qué haces tú aquí? – le preguntó Sophia.

– He venido para que volvamos a estar juntas de nuevo.

– Ni en tus sueños. ¿Tú de que vas, tía? ¿Acaso te crees que por ser navidad puedes volver y que te recibiremos con los brazos abiertos? ¡Tú flipas!

Sophia se levantó de la silla y se fue a la entrada a buscar a su padre dejando a su madre sola en el salón. Olivia no podía sentirse más desconsolada en ese momento, pero poco más podía hacer. Enfadada, Sophia le pidió a su padre que echara a su madre de casa, pero Abraham, al ver lo mucho que estaba nevando en la calle, sabía que no podía echarla como si fuera un perro. Por ello, convenció a Sophia para que Olivia se quedara a cenar a cambio de que no hablara ni se dirigiera a ella.
Olivia cumplió su promesa, no dijo ni una sola palabra, sólo observaba lo que decían tanto Abraham como Sophia. Disfrutaba de la complicidad que tenían y empezó a sentir envidia de ello. Al terminar de cenar, Sophia se marchó a su habitación dando tal portazo que retumbó toda la casa. Olivia miró a Abraham con ternura.

– Tiene carácter – observó Olivia de forma pensativa.

– Sí, en eso es idéntica a ti – admitió Abraham con un suspiro mientras tomaba un sorbo de su copa de vino blanco.

– A mí no me ha servido de nada, he acabado perdiendo a mi hija – dijo Olivia mirándose los dedos entrelazados.

– Livy, todos cometemos errores – le dijo Abraham intentando consolarla. En el fondo, aunque le hubiera hecho tanto daño, le daba pena ver a su mujer así. Él estaría destrozado si Sophia dejara de hablarle.

– Siento todo lo que he hecho, Abraham. Siento haberos hecho tanto daño. Hasta que no he venido aquí no me había dado cuenta del dolor que os he causado.

– No quiero mentirte ni decirte nada diferente de lo que pienso, pero es verdad, podrías haber hecho las cosas de otro modo. No pensaste en nadie más que en ti, hiciste la maleta sin mirar atrás.

– No puedes culparme por querer ser egoísta – dijo Olivia con lágrimas en los ojos.

– No te culpo por ser egoísta. Te culpo por no decírmelo, por irte sin darnos una explicación, ni a nuestra hija ni a mí.

– Yo…lo siento…de verdad, Abraham.

– No tiene sentido que te disculpes ahora, pero sabes que a Sophia le va a costar bastante perdonarte, ¿sabes?

– Creo que no lo hará, si ha heredado toda la personalidad nunca me perdonará. Pero no merecerá la pena.

– ¿Por qué?

– Porque voy a volver a irme, sé que he dicho que quería volver a la vida de mi hija, pero en realidad sólo quería saber cómo estabais y al ver que os va bien creo que ya puedo irme tranquila sabiendo que no podéis estar mejor.
Abraham no tuvo palabras para decirle lo que sentía porque sabía muy bien que si decía lo que se le estaba pasando por la cabeza iba a arrepentirse durante mucho tiempo, así que prefirió callarse. Olivia se levantó y Abraham la acompañó a la puerta para que se marchara.

– Hasta siempre, Olivia – le dijo Abraham sin sonreír.

– Hasta siempre, Abraham – le respondió Olivia de espaldas.

Con un suspiro Abraham cerró la puerta y se apoyó en ella. Dejó que las lágrimas rodaban por sus mejillas antes de ir a ver a su hija. Lo que había tenido delante en las últimas horas había sido sólo un espejismo del pasado, algo que no iba a volver.
Entró en la habitación de Sophia y se la encontró leyendo “El retrato de Dorian Gray”, su lectura navideña favorita. La miró y le pidió que bajase con él al salón.
Se sentaron junto a la chimenea y contemplaron el árbol mientras cantaban en un tono suave villancicos. No había sido la Nochebuena que esperaban, pero la habían terminado de la mejor forma posible, como cada año.

El bufón Don Sebastián de Morra

Me quedo observando el último cuadro de la exposición de Velázquez, “El bufón Don Sebastián de Morra”. Me encanta la combinación de colores y sombras, tan del estilo de Velázquez y tan crítico como son todas sus obras no inspiradas en relatos de la realeza.

Llevo varios minutos observando la pintura y siento como cada minuto que pasa me absorbe más y más. Me alejo un poco para ver dónde está el grupo con el que he venido a la exposición, pero no hay nadie más en la sala y no se oye ni un sólo ruido por ningún lado. ¡Lo que me faltaba ya era perderme!

Intento no ponerme demasiado nerviosa, respiro hondo y camino con tranquilidad por el camino de vuelta acompañada por todos los cuadros que ya he visto. No hago más que buscar la entrada, pero no logro encontrarla, así que llego a la conclusión de que me he acabado perdiendo. Empiezo a agobiarme por momentos hasta que, de pronto, noto una presencia a mi lado.

– ¿Puedo ayudarte en algo? – le pregunta un hombre con gesto preocupado. Es un tanto extraño; su pelo es negro, rizado y le llega de forma recta a la altura de la nuca, tiene bigote y perilla, sus ojos son negros y sus cejas espesas. Su porte es de una personalidad antigua, y está vestido con ropa del siglo XVI.

En cuestión de segundos me doy cuenta de quién es y no puedo estar más alucinada.

– ¿Eres Velázquez?

– Sí, lo soy. Pero eso da igual, parece que estás un poco perdida.

– Eh, sí. No encuentro la salida. ¿Te importaría ayudarme? – le pregunto aún alucinando sin poder creerme que el mismísimo Velázquez me esté ayudando a salir del museo.

– Por supuesto. Sígueme.

Me coloco detrás de él para seguirle, acabo en una sala completamente en la que tropiezo con algo y me caigo al suelo. De pronto abro los ojos y hay un montón de gente alrededor de mí. Estoy de nuevo en la sala del cuadro del bufón, miro a todos lados sin entender lo que ha pasado.

– Tranquila, no te muevas. Has estado desmayada durante media hora y no parabas de nombrar algo de Velázquez. Pero tranquila, estás bien.

Me levanto un poco para poder incorporarme y, detrás de un muro, veo a Velázquez mirándome fijamente y yéndose silenciosamente.

Nuevas reflexiones

Últimamente los días se me pasan demasiado rápido. Es como si todo pasara a cámara rápida y es algo que a veces me da mucha rabia. Constantemente nos perdemos los mejores momentos de nuestra vida: el despertar con el cielo nublado, escribir con una manta antes de ir a dormir, leer en un día lluvioso o ver una película en el sofá. Son cosas que adoro pero siempre las acabo dejando pasar por más que quiera evitarlo.

Otra cosa que me viene mucho a la cabeza es lo culpable que nos podemos llegar a sentir por necesitar descansar. A veces lo que tenemos que hacer es quedarnos en la cama descansando y no lo hacemos. Eso a mí me pasa mucho, ya que tengo unos dolores de espalda tremendos y no soy capaz de echarme cinco minutos a descansar. Me he dado cuenta de que eso es algo que tengo que cambiar si quiero seguir teniendo una buena calidad de vida.

Sin embargo, sí hay una cosa de la que me siento orgullosa y es el poder llevar, al fin, una alimentación saludable y equilibrada. A mis 21 años lo estoy consiguiendo y espero poder seguir manteniendolo durante bastante tiempo.

La sombra

Me levanto de la cama al escuchar un extraño crujido. Intento agudizar el oído, pero ahora no consigo oír nada. Recorro la casa, miro por todos los rincones y, cuando estoy a punto de darme por vencido y volver a la cama, veo una sombra de reojo detrás de la ventana.

Me acerco despacio, abro la ventana y la única sombra que puedo ver es la del naranjo. Respiro con tranquilidad al ver que son imaginaciones mías, pero al darme la vuelta tengo enfrente de nuevo a la sombra.

El corazón se me detiene y de repente noto que no puedo respirar, el aire no llega a mis pulmones, creo que es la sombra, está intentando matarme.

– Por favor, no me mates – le suplico malgastando el poco aire que me queda en los pulmones.

La sombra se acerca a mí y deja de ser una sombra para mostrarse tal y cómo es: un monstruo. Su piel es amarillenta y rugosa, sus ojos son saltones y su boca está llena de colmillos en lugar de dientes, además, su cuerpo es esquelético, cubierto por una oscura túnica. Observa como me ahogo con cara de satisfacción.

– Tienes lo que te mereces.

Apenas oigo lo que el monstruo me dice, ya no me queda oxígeno y al desmayarme lo último que veo es al monstruo con una guadaña en la mano acercándose aún más a mí.

La tarta de manzana

Hoy es miércoles, el sol cae con intensidad a media mañana, el mercado está abarrotado de gente, y me he levantado con ganas de preparar y comerme una dulce tarta de manzana. Tengo todo lo que necesito en casa, pero me faltan unas manzanas frescas, así que el mercado es el mejor lugar para conseguirlas.
Llego hasta la zona de frutas y verduras y voy rebuscando entre los puestos hasta que logro ver unas manzanas verdes que brillan como las flores con el rocío de la mañana.
– Disculpe, – le pido al vendedor – deme cuatro manzanas cuando pueda.
Mientras las coge y las mete en una bolsa, me dedico a observar su rostro. Me recuerda mucho a alguien, pero no estoy segura a quién. Es un vendedor muy joven, tiene el pelo rubio ceniza y los ojos levemente verdosos. De repente, me pilla observándolo y me pongo roja de vergüenza.
– Lo siento, pero es que me suena mucho tu cara. – me justifico cogiendo la bolsa con las manzanas.
– No pasa nada, a mí también me suena mucho su cara – dice con una sonrisa.
– Dígame cuánto te debo.
– Cincuenta céntimos
Le doy el dinero y me dirijo a casa para empezar a hacer la tarta. Subo los tres pisos, me pongo mi pijama más cómodo y entro en la cocina para preparar todos los ingredientes que necesito.
Hago la masa batiendo la harina, la levadura, los huevos, el azúcar y dos manzanas cortadas en dados. Corto las otras dos manzanas en láminas, pongo la mezcla en un cuenco y coloco las láminas sobre la mezcla. Justo cuando meto el cuenco en el horno, suena el timbre de la puerta. Cierro el horno, pongo el temporizador, me limpio las manos en el delantal y abro la puerta con curiosidad.
– Hola – dice el joven vendedor de manzanas.
– Hola, ¿qué haces aquí? – le pregunto con un leve nerviosismo
– Te has dejado el cambio – dice dejándome unas monedas en la mano.
– Ah, pues, gracias.
– Oye, podrías darme un vaso de agua. Tengo la garganta seca.
– Claro, pasa.
Mientras estoy en la cocina soy un manojo de nervios, me tiemblan las manos hasta para sujetar el vaso. Cuando se lo doy está mirando las fotos que tengo colgadas en las paredes de la entrada.
– Aquí tienes.
– Muchas gracias. – se toma el agua de un tirón, como si no hubiera bebido en meses, y me da el vaso – Creo que ya sé de qué me suenas tú. Fuiste novia de mi hermano Fali si no me equivoco.
– ¡Oh, Dios! No me digas que tú eres Daniel. – le doy un abrazo cariñoso – Pero si eras un renacuajo…
– Eso ofende. – dice en broma con una relajada carcajada.
– Dime, ¿qué ha sido de tu familia?
– Pues, les va muy bien. Mi padre ya está jubilado, mi madre sigue siendo ama de casa aunque ha contratado a una muchacha para que la ayude, han aprovechado que les va bien económicamente y, bueno, mi hermano ha montado una editorial, es un poco reciente, pero creo que le va a ir muy bien. Sé que no acabasteis muy bien, pero…
– Eso ya está olvidado, fue hace mucho.
– Ya, pero no sé portó bien contigo.
Unos segundos de tensión se ciernen sobre nosotros hasta que viene un ruido del pasillo.
– No sabía que estabas acompañada – dice avergonzado.
– No te preocupes, ven que te voy a presentar a alguien.
Le guío hasta la última habitación de la casa, a través del pasillo.
– Julia, ¿estás haciendo algo importante? – le pregunto abriendo la puerta.
– Sí, estoy leyendo.
– Daniel, te presento a mi hija Julia
– Hola, Julia
– Hola – dice Julia sin apartar la vista del libro.
Cierro suavemente la puerta de su habitación, y nos dirigimos de nuevo al salón para despedirnos.
– ¿Cuántos años tiene? – dice con una comprensiva sonrisa en el rostro.
– Diez años. – abre los ojos muy sorprendido – Y antes de que lo preguntes, es hija de Fali.
– ¿Fali lo sabe?
– No, y tú no se lo vas a hacer. Él sabía perfectamente que estaba embarazada y me dejó en la estacada, así que no se merece saberlo.
Sin decir nada se marchó y yo saqué la tarta quemada del horno con un suspiro.

Una aburrida vida.

Me llamo Marcos y no sé qué soy. Estudié para ser enfermero, pero no me gustaba ni tenía vocación para ello. Desde hace algunos años, empecé a practicar la cocina, y cada día me encanta más, pero como no puedo ejercerla porque no tengo ninguna licenciatura.

Por eso, lo único que me queda es leer mis libros y cuidar de mis gemelos. Los gemelos han sido fruto de mi breve matrimonio que, tras la muerte de su madre en un accidente, han hecho de mi vida un dulce caos. 

Un día, caminando por la calle, veo en el suelo un anuncio pisoteado en el que se solicita un camarero para una cafetería. Tengo dos pequeños a los que mantener, así que no me lo pienso dos veces y entro en el local para entregar mi currículum. Al salir de él, no tengo trabajo, pero sí la esperanza de poder darles algo a mis hijos que llevarse a la boca.

Lo admito, no tengo una vida emocionante, sólo una vida normal y corriente carente de novedad. Pero toda vida merece ser contada, ¿no? Por muy aburrida que sea una historia debe ser escuchada, todos tenemos derecho a ser escuchados y todos tenemos derecho a vivir una vida aburrida carente de emoción.

Parecía él, pero no lo era.

Estaba sentada esperando el metro medio dormida como cada día cuando volví a tener la sensación de que iba a volver a ver a mi abuelo, de que en cuanto levantara la vista lo iba a ver. En ese momento, vi a un señor mayor en el metro, sentado solo. Me levanté, corrí hacia la puerta para ser la primera en entrar y me senté junto al anciano. Disimuladamente empecé a observarle y, decepcionada, vi que no era él. Pero comprendí que aunque no iba a volver a verle, su esencia iba a estar en cada persona mayor que encontrara.